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viernes, 8 de enero de 2021

Hans Zimmer - Time | Especial 2000 Suscriptores en Youtube

 ¡Llegamos! 2000 suscriptores en Youtube en un año de intenso trabajo. ¡Gracias a todos y todas! Lo prometido es deuda, les dejo el link de Drive para descargar el Proyecto de Reaper y los archivos MIDI tal como se ven en el video: Proyecto + MIDI






G.-

martes, 10 de marzo de 2020

Cómo Rearmonizar una Canción Popular (o no) | Segunda Parte

¡Buenas! Acá les comparto lar partitura con el cifrado en PDF para que la puedas descargar y tocar, solo tenés que ingresar al vínculo de Drive que figura acá abajo:







Y si aún no viste el video, acá te lo dejo:




¡Gracias por mirar!


G.-

lunes, 2 de marzo de 2020

Cómo Rearmonizar una Canción Popular (o no) | Primera Parte

¡Buenas! Acá les comparto lar partitura con el cifrado en PDF para que la puedas descargar y tocar, solo tenés que ingresar al vínculo de Drive que figura acá abajo:







Y si aún no viste el video, acá te lo dejo:






¡Gracias por mirar!




G.- 

domingo, 29 de diciembre de 2019

Reencuentros

Hace algún tiempo atrás solía escribir con mayor asiduidad. La continuidad entre palabra y palabra se me tornaba menos ociosa que ahora y un vendaval de oraciones sin freno se me atiborraba en la cabeza, listas para salir y plasmarse en un escrito. Sin embargo, ahora se me juntan muchas ideas al mismo tiempo, se apelotonan como queriendo salir y terminan por consumirse unas a otras. De esa síntesis medio rara, medio a los empujones, aparecen algunas cosas con claridad:

- Si algo sale mal, vale la pena repetirlo.

- Si algo sale bien, la alegría nos permitirá reintentarlo.

- Si algo se estanca, vale recordar que todo alrededor sigue fluyendo.

Porque, en definitiva, toda esa batahola de pensamientos que se dibujan como esquemas poco audaces en la cabeza, terminan siendo el caldo de cultivo para ideas más fructíferas. Ideas que se convierten en práctica. Porque no alcanza con la práctica del Pensar cuando uno es puro Hacer. Y si, como decimos hasta el hartazgo, uno es lo que hace, entonces podremos hacer cosas cada vez más detalladas, más pulidas, más hermosas y más placenteras. Pero no en el sentido del placer por el placer mismo, como el de esa idea maldita que anda dando vueltas y que nos dice que debemos disfrutar de y por todo. Y si quiero estar mal, ¿qué pasa? Y si necesito un momento de malestar, ¿qué pasa? Y si necesitamos hundirnos para renacer, ¿qué pasa? Creo que lo que pasa es el miedo. Y está bien que así sea. Porque, en definitiva, se trata de eso: de que el miedo pase y se vaya por el lugar contrario desde el que vino. Debe tener continuidad, como la línea del símbolo del infinito que no reconoce ni principio ni final, pero se sabe eterna en su perseverante andar, que no se limita a ser la Totalidad, sino más bien intenta dejar de ser lo que era, para comenzar a ser lo que quiera.


Imagen: Brassai

Así, en cada reencuentro con el escribir, aparece algo nuevo; asoman desde el alba nuevos horizontes que posibilitan que las ideas se reciclen o, mejor aún, se resignifiquen y logren forjar en mí y en vos (que ahora leés estas palabras) alguna conmoción, que nos muevan para algún lado, que nos permitan tejer los hilos de nuestro destino no escrito, para lograr que la inconmensurabilidad del hastío se convierta en un vago recuerdo de lo que nunca debió haber sido.

Luego de eso, nos reencontramos, una y otra vez, en el mismo lugar, de distintas maneras, siendo siempre lo mismo, pero no lo igual. Porque cambiamos. Ahora somos mejores. Ahora nos miramos a los ojos durante dos o tres segundos más y eso es la totalidad. Porque el Todo es la mirada, que interpela, que busca, que no encuentra, que sigue buscando, que incomoda y que se acomoda lejos cuando no sabe cómo dejar de mirar.


G.-


jueves, 1 de noviembre de 2018

Montaña con nubes | Composición original



Cuando llegamos a la cima de nuestros deseos, damos un paso de más y caemos de nuevo cuesta abajo. Como el mito de Sísifo, lo único que nos resta hacer es reintentarlo, una y otra vez, hasta que demos con la cantidad de pasos justos y ya no nos caigamos de nuestros sueños.


G.-

martes, 30 de octubre de 2018

El faro de los perdidos



A veces nos perdemos y tardamos mucho tiempo en volver a encontrarnos. Nos acercamos al mar y vemos cómo el crepitar de las olas que rompen su formación contra la arena de la playa nos convocan a zambullirnos y olvidarnos de todo.

Sin embargo, siempre aparece un faro. A lo lejos. A veces pequeño y casi invisible, a veces sin luz. De todas formas, ahí está, y es nuestra tarea buscarlo, reavivarlo y salvarnos de la tempestad.

Disfruten esta nueva música que hice. Que tengan un buen día.


G.-

miércoles, 25 de julio de 2018

Revolutionary Road


Muy buenas! Esta vez les traigo la música de una hermosa película. Me encargué de sacar de oído, transcribir y grabar todo lo que se escucha en el video que aparece más arriba. La música original es del compositor Thomas Newman. La película se llama Revolutionary road (traducida al español como "Sólo un sueño") con los actorazos de Leo Di Caprio y Kate Winslet.

La música es extremadamente profunda, íntima, así como ambigua. No se deja asir en ningún momento, siempre te deja esperando que suceda algo más y de pronto...

No se realizó ningún tipo de sincronización entre el video y la música, simplemente la grabé y luego busqué el trailer de la película (por eso incluye todos los títulos de las productoras participantes) y los amalgamé.

Espero que haya sido productivo mi trabajo y que puedan compartirlo, comentarlo o aunque sea escucharlo y poder disfrutarlo.

Salute!


G.-

lunes, 23 de julio de 2018

Noche



Buenas nuevamente, amigues! ¿Cómo va? Ahora les traigo otra pequeña composición original, titulada Noche. Sigue la misma línea que Tarde, sólo que...bueno, de noche. Con un poco más de emoción y fuerza, ya que evoca la adrenalina de una noche cualquiera en una ciudad cualquiera de un mundo cualquiera.

Cualquiera todo esto, ya.

Espero que lo disfruten, nos estamos viendo pronto, salute!


G.-

viernes, 20 de julio de 2018

Tarde



Hoy les comparto Tarde, otras de mis composiciones originales para visuales.

De a poco va tomando forma la cosa y se van afianzando estas herramientas que fui adquiriendo con el tiempo. La música, como el cine o las artes visuales son formas de transmisión, de comunicación sobre todo.

Espero que esto que compuse - sencillo, modesto - pueda transmitirles algo, aunque sea un poco de paz en esta vida cada vez más alocada que llevamos como sociedad.

Salute!

G.-

martes, 3 de abril de 2018

Aún soñando

Imagen: Marcelo Anselmo
Música: Gabriel Rossini


Esta es la historia de un amigo. De un hermano. Esta es mi historia también, porque me hice uno con él y nos fundimos en un único mensaje. Aquel que reza sobre la nostalgia profunda de lo no vivido. Aquel sueño inalcanzable de entreverarnos con el mar, nadando hacia la luz. 

Pensamos una y otra vez sobre las formas que tenemos de amar. Las formas en las que el amor se nos presenta y nos interpela. Para mí, el amor es la música y sus múltiples interferencias en la vida: cuando te eriza la piel, cuando te hace llorar, cuando te hace sonreir o gemir de placer. Las múltiples formas del amor son las múltiples formas de la música y de las imagenes que ella provoca en nuestras cabezas. 

Tantas veces pretendemos abrazar esta vida sin abrazarnos a la música, sin darnos cuenta que lo único que nos sigue salvando de la peste de la muerte es el triunfo de la música. Ella siempre gana, porque no tiene oponente alguno. Nada ni nadie puede parársele en frente y darle pelea, porque nos atraviesa de lleno por arriba y abajo, por los lados y directo hacia el alma. 


G.-

martes, 27 de marzo de 2018

El nacimiento del Ave fénix

Primera parte.
El nacimiento del Ave fénix. De por sí, es una paradoja, ya que el momento de su irrupción en el mundo coincide con el de su desvanecimiento y la consecuente conversión en cenizas. Paradoja, como la de toda nuestra existencia junta, apelotonada en una frase o en un conjunto de sonidos.

De esa forma se vuelve sempiterno. Es decir, es un ente que tiene comienzo pero no final. Aunque también podríamos discutir si acaso no es eterno. ¿Cómo saberlo? Como la paradoja del huevo y la gallina, no sabemos qué fue primero: si el fuego y la muerte o las cenizas y el renacer impertérrito.

Composición original. Disfrútenlo.





G.-

sábado, 27 de enero de 2018

Aviso de muerte

Ya no hay cartas suicidas. Ahora se anuncia por redes sociales. La persona, simplemente, se va, se sumerge en esa vorágine descontrolada de goce perpetuo y satisfacciones inmediatas.

Mientras más se enteren, más efectivo es el mensaje. ¿Qué pasará por su cabeza en ese momento? ¿Acaso pensará en qué otra foto ha de subir mañana? ¿Nunca te lo preguntaste? Creo que todos lo sabemos. Sino, no se explica este circo de la muerte diaria a la que asistimos, sin preaviso, todos los días de la vida. A cada momento que pasa, nos matamos un poquito más. Ya nada queda.

Sólo polvo. Sólo silencio. Sólo olvido. El tiempo es de quien lo gasta y, como tal, nunca es, porque el tiempo se nos esfuma de las manos en el mismísimo instante en el que intentamos - siempre infructuosamente - asirlo.

Sin embargo, quedamos. Quedamos solos. Desvalidos de nosotros mismo.




Imagen de Think Lumi (https://www.instagram.com/thinklumi/)



G.-

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Dónde estoy?

¿Dónde estoy?
Ya no lo estoy.
Ni donde estaba, ni donde debería estar.
Me fui.
Ya no estoy.
¿Dónde estoy?

No me busques
porque ni yo puedo encontrarme,
ni en los balcones,
ni en los jardines,
ni en el suelo,
ni en el aire.
¿Dónde estoy?

No hay peor pérdida que la del sentido,
porque no sabés dónde estás,
ni a dónde vas,
ni qué querés,
ni porqué.

Y sin embargo,
todos están ahí,
todos te preguntan por hoy o por ayer,
a nadie realmente importa lo que sea,
lo que importa es que no te importe importar,
porque a nadie importa lo que realmente va,
sino lo que fue o lo que debería ser.

Kant ganó.
Todos perdimos.
¿Dónde estoy?

jueves, 23 de marzo de 2017

Quebrado

(Instrucciones de lectura: reproducir el tema que se comparte más abajo,
para que juntos compartamos la osadía
de vernos las caras ningún día,
todos los días de la vida).


De pibe creía que uno estaba condenado a repetirse incansablemente. Suponía - más o menos erradamente - que nuestra vida pendía de un hilo, como esos con los que las moiras entretejían el todo, plácidamente sentadas en medio de la nada. A veces me costaba creer que la vida soñada fuera para pocos, que no eran ni los míos ni los otros, sino "algunos" que allá a lo lejos se iban de vacaciones o acá a lo cerca se ufanaban de algún chiche nuevo. Qué triste, ¿no? Bueno, a decir verdad, no lo fue tanto. 

A veces me siento en el balcón, sólo, y miro el cielo, miro el Hospital a lo lejos, veo pasar unos gorriones o palomas o lo que sea revoloteando cerca de mi sien, anclándose en un hueco de la medianera que da con un auditorio. Me tomo unos mates, sea verano o invierno, sea que esté dormido o despierto, sea que estoy o me voy, sea que me refugio en mi soledad o sea que huyo de mi verdad. La vista que tengo desde esta altura no puede ser más que reconfortante. De hecho, es una vista muy agradable.

De pibe creía que vivir en las alturas tenía su gracia. Ver las casitas desde lo alto, sentir que los pájaros son más humanos o los humanos más animales, escuchar los sonidos de la gran ciudad bajo el ventanal, ver una columna de humo que se eleva en vuelo triunfal y asimismo escuchar la sirena de los bomberos que se va desafinando conforme se va alejando. Creía que, como todas las otras cosas que hacen a la vida, representaba un deseo privado de mí, o un yo privado de desear aquello que solo podía anhelar como lejano, como imposible, como irrealizable.

¿Alguna vez sentitste que el cuerpo se te escapa del alma? No, esperá. Era al revés: ¿Alguna vez sentiste que el alma se te escapaba del cuerpo? No hablo de viajes astrales. Hablo de tu recuerdo de un pasado mejor anclado en el presente, aún a riesgo de saber que no todo pasado por pasado fue mejor, y que incluso hoy, en este manojo de inquietudes, inseguridad, desvelos y desasosiegos, aún vale la pena. Aún valemos la pena. Aún valgo la pena. En medio de esta sempiterna modestia de bajar desde el colectivo hasta el individuo, o desde el bondi hasta la puerta de mi casa. Siempre se convierte en un trance interminable, justamente, porque es un trance... Y en medio del devenir soy fuego, me deshago de mi nostalgia y cabalgo fuerte y sin reparos hacia el abismo de lo desconocido, esperando encontrarte ahí, sosteniendo un deseo en una mano y tomándome de un brazo con la otra, sólo para empujarme hacia adelante y caminar junto a vos.

Como dos gotas de agua que se deshacen en el hastío del existir sin remedio, yo espero verte cruzar el umbral y que me digas que aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Incluso en ese momento en el que te quedás colgado de la tarde, viendo cómo el sol se esconde tras los árboles y edificios que a lo lejos parecen más arrogantes que los destellos de luz que de a poco dibujan toda clase de colores por entre las nubes, y que duran solo un instante, y que se caen desde el cielo hasta golpear los techos donde ladran los perros y los gatos se pelean y se me piantan varios lagrimones creyendo que lo hermoso de esta vida aún está ahí afuera, donde el sol hace su gracia, donde los presagios se vuelven hipótesis de cualquier entierro prematuro y en donde todavía es posible que todo aquello que deseamos se deshaga - irremediablemente - entre nuestras manos, como los copos de ceniza que las bombas o los volcanes arrojan sobre nuestras cabezas, como la escarcha en pleno invierno se derrumba bajo nuestros pies o como la arena que pasa de un extremo al otro en un reloj.




G.-

domingo, 12 de marzo de 2017

Barro, tal vez...

Me baño tres o cuatro veces al día. La humedad se me pega al cuerpo como el viento cálido se cuela por entre los escaparates de los edificios. De día veo sombras en el balcón, de esas que me acompañan hasta la cama por la noche. No puedo dejar de pensar que todo este desastre organizado que veo por la ventana no tiene sentido alguno más que el de huir. Nos encerramos para huir del encierro, suponiendo que es liberador y sin embargo, no.

La puerta de la cocina rechina sin cesar, a menos que la cierre completamente o que el viento amaine. Las cortinas del ventanal no llegan al piso y dejan que la luz – inapagable de cualquier forma – se meta por debajo y me haga recordar que en la ciudad no se duerme a ninguna hora. Un perro ladra a la distancia, un par de gatos se entreveran en una dura pelea sobre algún techo lindante. Si no fuera por eso, la paz enmudecida que azota este lugar, en este preciso momento, como en tantos otros, es inescrutable. Este silencio que roza lo sacro tiene un grado de inaccesibilidad tal que puede provocar estupor en quien lo perciba.

Vacío. Lo percibo apoyado sobre la baranda del balcón. Vacío inconmensurable que se ve a la distancia. Que está ahí, intercalado con árboles, casas y edificios, atravesado por el ruido de sirenas y bocinas – a toda hora – o por el susurro inquietante de algún par de neumáticos frenando estrepitosamente sobre el asfalto caliente. Aunque a veces también se llega a escuchar el impacto. Desde las alturas se ve todo tan estático, tan inerte. Así sí tiene sentido aquella idea liberal posmoderna de la naturalización del espacio circundante: si nacemos y morimos entre estas cuatro paredes imaginarias que forjamos a lo largo de toda nuestra vida, ¿cómo no nos vamos a creer el verso del tiempo fragmentado en instantes presentes? ¿Cómo no vamos a creer que esto fue, es y será así, siempre, sin más?


Imagen: Sín titulo, de Andre Kertesz


Vivimos un estado de coma permanente, no en el sentido lato y trillado de aquellos que se creen vanguardia y sólo son furgón de cola, sino más bien en el sentido de pausa, de respiro, de aquel espacio mudo – invisible – en el desarrollo de una idea que se frena para dar paso a una mejor comprensión de la misma. Una coma, como la de una oración, como la de un susurro nocturno a la hora del encierro, en el que dos cuerpos desnudos se entrelazan hacia el desenlace cósmico propio de cualquier avatar surrealista, momento en el cual los gritos, la euforia, el desvelo, las caricias, los desencuentros se vuelven parte de la atiborrada sarta de ideas sin sentido que, como relámpago inasible, se me cruzan por la cabeza. Y niego. Y afirmo. Y te veo. Y me desnudo. Te desnudás. Mirando. Siempre mirando. Porque en el mirar se interpela mucho más que en el propio ser, porque el Mirar es el Estar, es el Ser, es el Amor y es el Dolor, Es.

Mas, si fuera posible que de alguna manera, en algún tiempo y en algún lugar, todo se volviera calmo de repente, como el devenir incesante de las olas que rompen contra la costa por la noche, cuando se llaman a estridente silencio una vez que se han estrellado contra la arena, entonces, sólo entonces, podría afirmar sin temor a equivocarme que todo lo que ves es lo que hay. Somos barro.


G.-

viernes, 16 de septiembre de 2016

Incondicional

Podría tocarte como toco la luna,
podría tocarte como toco las noches,
podría tocarte como toco la cima
aquellos días en los que la quietud camina.

Podría devolverte la vida,
podría arrancarte las vestiduras
de solo mirarte,
de solo decirte,
de solo musicarte.

Podría vivir y vivirte,
encontrar y desencontrarte,
nacer y morir,
como el alba a la noche difumina.

Y sin embargo,
anochece y tu tez blanquecina
se zambulle en el regazo de la noche,
como el zorzal canta a la vida.

La única condición posible
es la no-condición,
porque en todo lo condicionado
esta tu sonrisa irredenta para derribarlo.



G.-


domingo, 12 de junio de 2016

Cómo

Cómo se deshilacha la vida
a medida que el tiempo se vuelve escarcha
y tu rostro almibarado
golpea la vitrina de los recuerdos.

Cómo pasan las horas entre velos y desvelos,
cómo se desvanece la arena entre mis manos,
cómo veo pasar las nubes etéreas entre las sábanas,
cómo.

¿A qué hora amanece,
cuándo, cómo, dónde, por qué,
si la vida es un crisol de esperanzas,
la experiencia nos juega malos recuerdos?

Cómo veo pasar el rio manso,
transitando toda su tempestad,
haciendo de su transparencia mi salvedad,
recordando y acuñando cada desgarro.

El fin de los tiempos nos encuentra solos,
los pisos por encima y por debajo se aplacan,
los relojes marcan la hora del entierro
y siempre quiero creer que aún es enero.

No bastan todos los otoños de este cielo
para sofocar las lágrimas de los bemoles quebrados
por la amargura de sabernos enteros
y desgarrados del mismo lado.

G.-

sábado, 5 de diciembre de 2015

Caos

Las remeras y pantalones en los cajones del modular, las camisas en las perchas del ropero, las partituras sobre el atril del piano o en cuadernos apilados sobre un escritorio, las sillas pegadas a la mesa, las sábanas tirantes en la cama, las ventanas dotadas de una transparencia nítida, la comida en la heladera, el mate sobre la mesa y los libros puestos uno junto al otro, formando una línea recta.

Habitualmente, se dice que la coherencia en una persona se ve cuando a lo largo de un tiempo prudencial sus ideas y acciones se condicen mutuamente, tienen asidero en la realidad y le permiten llevar a cabo aquello que proyecta. La cohesión (es decir, la coherencia interna) de una persona vendría dada entonces por equilibrar su ser, parecer y estar. Es decir, coherente consigo mismo sería aquel que puede ordenar los distintos niveles de su personalidad, de tal manera que uno no se sobreponga al otro y pueda de esta manera desenvolverse con soltura y con un "programa" propuesto.

Todo parece estar en su justo sitio, en el momento indicado. Ya no hay lugar para dudas, no hay momentos de titubeo, no hay necesidad del cuestionamiento y menos aún de la pregunta real, concreta, asequible. ¿Cómo hacemos entonces para seguir cuestionándonos, aún cuando cuestionarnos significa deconstruirnos, desarmarnos, desproveernos de defensas y abrirnos al mundo en un gesto de amor sin igual en el que vale todo, pero más aún vale la vida del otro?

Valor. El valor de la vida como encomienda, como convicción, como lucha por el Otro, como lucha por uno mismo, como visión solidaria de la realidad en la que cada cual es lo que es sin dejar de ser lo que es para otro. Delante se nos aparecen los fantasmas del pasado, del presente y del futuro. Nos avisan que la hora fue ahora, que el momento es hoy y que la lucha será siempre. Sea que te veas reflejado en la cara de los sin rostro, en la dignidad de los nadies o en la voluntad sempiterna de los que con el sudor diario se visten desgarrados y se desgarran las vestiduras para verte la cara, nuevamente, para tomarte de la mano, para reflejarse en vos como nos reflejamos en nosotros.

Imagen: Un perro andaluz (Dalí - Buñuel).

Entre los momentos de martirio y de redención existe un abismo cuasi infranqueable, lleno de espinas y rosas marchitas, lleno de marcas y recuerdos que sesgan la mirada, que conmueven el corazón, que aceleran el ritmo cardíaco y sacuden el presente.

Memoria. Recuerdo siempre aquel instante en el que delante de una noche clara, todo se oscureció y sucumbió ante los encantos del desencanto. ¿Cómo es que el día se vuelve noche cuando una boca dispara una sonrisa y otra la recibe con beneplácito y osadía? ¿Cómo se derrumba nuestro mundo cuando con las ideas bien puestas y las mangas remangadas hacemos agua sin que llueva?

Quien vea orden e inalterabilidad del ánimo, no ve más que máscaras irredentas provistas por una razón que necesita socavar(se) para renacer, todos los días, del lado que se pone el sol.


G.-


viernes, 18 de septiembre de 2015

Sin melodía

Cursi es la nostalgia,
como hotel de ruta secundaria,
como mirando al sol engaña
a la vida muerta en un sisal.

La cama desvencijada
y las paredes rotas de recuerdos,
los galpones vacíos de ilusiones
y un manzano que no da más.

El pasto seco de andar
junto a los ladrillos rojos
y la mugre del parral
que no fue más que una pincelada de papá.

El tendedero de ropa desteñida
lavada por mamá
y los higos llenos de jugo
para esquivar el hambre por la falta de pan.

La puerta sellada y la sin llave,
se golpetean como hermanos
que no saben de sus padres
ni de sus manos rozando el aire.

Cursi es recordar sin acordar
que la vida es un crisol
donde se cruzan el amor y el dolor
sin reparos ni estupor.


G.-

miércoles, 12 de agosto de 2015

5000

Es una cifra redonda, porque nos gusta todo lo que cierra (o todo lo que abre desde algún lugar conocido).

Nos gusta la sorpresa de todos los días: la de encontrarnos casi siempre con el mismo orden de cosas.

Nos gusta que cierre, otra vez, que sea concreto. Que cierre.

Sólo quiero abrir.

Para cerrar están las heridas.

Agua y sal, pues.


G.-