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sábado, 8 de diciembre de 2018

Resaca de domingo por la mañana



Todos nos aventuramos en las penumbras de nuestra conciencia con el fin de desencadenarnos del dolor y de todo lo que nos pueda hacer mal. Sin embargo, muchas veces nos encontramos con ramificaciones y altibajos que socavan nuestras intenciones. Es en ese momento cuando ingresa la música, nos libera y nos invita a luchar por lo que mas queremos.

Estas palabras quedarán arrojadas al vacío, como cualquier atisbo de acercamiento que pueda desenmarañar desde mi cabeza hasta mis manos. 

Quién sabe si alguno de estos días, alguna de estas noches, nos veremos otra vez.



G.-

lunes, 6 de agosto de 2018

Ojalá

Ojalá pase algo que me borre de pronto,
Una luz cegadora,
Un disparo de nieve,
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte...


G.-

martes, 3 de abril de 2018

Aún soñando

Imagen: Marcelo Anselmo
Música: Gabriel Rossini


Esta es la historia de un amigo. De un hermano. Esta es mi historia también, porque me hice uno con él y nos fundimos en un único mensaje. Aquel que reza sobre la nostalgia profunda de lo no vivido. Aquel sueño inalcanzable de entreverarnos con el mar, nadando hacia la luz. 

Pensamos una y otra vez sobre las formas que tenemos de amar. Las formas en las que el amor se nos presenta y nos interpela. Para mí, el amor es la música y sus múltiples interferencias en la vida: cuando te eriza la piel, cuando te hace llorar, cuando te hace sonreir o gemir de placer. Las múltiples formas del amor son las múltiples formas de la música y de las imagenes que ella provoca en nuestras cabezas. 

Tantas veces pretendemos abrazar esta vida sin abrazarnos a la música, sin darnos cuenta que lo único que nos sigue salvando de la peste de la muerte es el triunfo de la música. Ella siempre gana, porque no tiene oponente alguno. Nada ni nadie puede parársele en frente y darle pelea, porque nos atraviesa de lleno por arriba y abajo, por los lados y directo hacia el alma. 


G.-

martes, 27 de marzo de 2018

El nacimiento del Ave fénix

Primera parte.
El nacimiento del Ave fénix. De por sí, es una paradoja, ya que el momento de su irrupción en el mundo coincide con el de su desvanecimiento y la consecuente conversión en cenizas. Paradoja, como la de toda nuestra existencia junta, apelotonada en una frase o en un conjunto de sonidos.

De esa forma se vuelve sempiterno. Es decir, es un ente que tiene comienzo pero no final. Aunque también podríamos discutir si acaso no es eterno. ¿Cómo saberlo? Como la paradoja del huevo y la gallina, no sabemos qué fue primero: si el fuego y la muerte o las cenizas y el renacer impertérrito.

Composición original. Disfrútenlo.





G.-

sábado, 27 de enero de 2018

Aviso de muerte

Ya no hay cartas suicidas. Ahora se anuncia por redes sociales. La persona, simplemente, se va, se sumerge en esa vorágine descontrolada de goce perpetuo y satisfacciones inmediatas.

Mientras más se enteren, más efectivo es el mensaje. ¿Qué pasará por su cabeza en ese momento? ¿Acaso pensará en qué otra foto ha de subir mañana? ¿Nunca te lo preguntaste? Creo que todos lo sabemos. Sino, no se explica este circo de la muerte diaria a la que asistimos, sin preaviso, todos los días de la vida. A cada momento que pasa, nos matamos un poquito más. Ya nada queda.

Sólo polvo. Sólo silencio. Sólo olvido. El tiempo es de quien lo gasta y, como tal, nunca es, porque el tiempo se nos esfuma de las manos en el mismísimo instante en el que intentamos - siempre infructuosamente - asirlo.

Sin embargo, quedamos. Quedamos solos. Desvalidos de nosotros mismo.




Imagen de Think Lumi (https://www.instagram.com/thinklumi/)



G.-

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Dónde estoy?

¿Dónde estoy?
Ya no lo estoy.
Ni donde estaba, ni donde debería estar.
Me fui.
Ya no estoy.
¿Dónde estoy?

No me busques
porque ni yo puedo encontrarme,
ni en los balcones,
ni en los jardines,
ni en el suelo,
ni en el aire.
¿Dónde estoy?

No hay peor pérdida que la del sentido,
porque no sabés dónde estás,
ni a dónde vas,
ni qué querés,
ni porqué.

Y sin embargo,
todos están ahí,
todos te preguntan por hoy o por ayer,
a nadie realmente importa lo que sea,
lo que importa es que no te importe importar,
porque a nadie importa lo que realmente va,
sino lo que fue o lo que debería ser.

Kant ganó.
Todos perdimos.
¿Dónde estoy?

domingo, 12 de marzo de 2017

Barro, tal vez...

Me baño tres o cuatro veces al día. La humedad se me pega al cuerpo como el viento cálido se cuela por entre los escaparates de los edificios. De día veo sombras en el balcón, de esas que me acompañan hasta la cama por la noche. No puedo dejar de pensar que todo este desastre organizado que veo por la ventana no tiene sentido alguno más que el de huir. Nos encerramos para huir del encierro, suponiendo que es liberador y sin embargo, no.

La puerta de la cocina rechina sin cesar, a menos que la cierre completamente o que el viento amaine. Las cortinas del ventanal no llegan al piso y dejan que la luz – inapagable de cualquier forma – se meta por debajo y me haga recordar que en la ciudad no se duerme a ninguna hora. Un perro ladra a la distancia, un par de gatos se entreveran en una dura pelea sobre algún techo lindante. Si no fuera por eso, la paz enmudecida que azota este lugar, en este preciso momento, como en tantos otros, es inescrutable. Este silencio que roza lo sacro tiene un grado de inaccesibilidad tal que puede provocar estupor en quien lo perciba.

Vacío. Lo percibo apoyado sobre la baranda del balcón. Vacío inconmensurable que se ve a la distancia. Que está ahí, intercalado con árboles, casas y edificios, atravesado por el ruido de sirenas y bocinas – a toda hora – o por el susurro inquietante de algún par de neumáticos frenando estrepitosamente sobre el asfalto caliente. Aunque a veces también se llega a escuchar el impacto. Desde las alturas se ve todo tan estático, tan inerte. Así sí tiene sentido aquella idea liberal posmoderna de la naturalización del espacio circundante: si nacemos y morimos entre estas cuatro paredes imaginarias que forjamos a lo largo de toda nuestra vida, ¿cómo no nos vamos a creer el verso del tiempo fragmentado en instantes presentes? ¿Cómo no vamos a creer que esto fue, es y será así, siempre, sin más?


Imagen: Sín titulo, de Andre Kertesz


Vivimos un estado de coma permanente, no en el sentido lato y trillado de aquellos que se creen vanguardia y sólo son furgón de cola, sino más bien en el sentido de pausa, de respiro, de aquel espacio mudo – invisible – en el desarrollo de una idea que se frena para dar paso a una mejor comprensión de la misma. Una coma, como la de una oración, como la de un susurro nocturno a la hora del encierro, en el que dos cuerpos desnudos se entrelazan hacia el desenlace cósmico propio de cualquier avatar surrealista, momento en el cual los gritos, la euforia, el desvelo, las caricias, los desencuentros se vuelven parte de la atiborrada sarta de ideas sin sentido que, como relámpago inasible, se me cruzan por la cabeza. Y niego. Y afirmo. Y te veo. Y me desnudo. Te desnudás. Mirando. Siempre mirando. Porque en el mirar se interpela mucho más que en el propio ser, porque el Mirar es el Estar, es el Ser, es el Amor y es el Dolor, Es.

Mas, si fuera posible que de alguna manera, en algún tiempo y en algún lugar, todo se volviera calmo de repente, como el devenir incesante de las olas que rompen contra la costa por la noche, cuando se llaman a estridente silencio una vez que se han estrellado contra la arena, entonces, sólo entonces, podría afirmar sin temor a equivocarme que todo lo que ves es lo que hay. Somos barro.


G.-

domingo, 17 de julio de 2016

A solas con mi noche - III -

¿De qué va la angustia
si no hay nada por lo qué angustiarse?
¿De qué va dejar de ser yo
cuando lo que importa es no dejar de serlo?
¿Cuántos anocheceres negros bastan
para encauzar las ideas que a marea alta penetran?

Todos los relojes se detienen a la misma hora,
en el mismo momento,
en el mismo incienso,
en la misma tez velada de pasión.

Todas las deshoras del día
se convierten en paredes
mortíferas paredes,
donde solo el sol penetra.

¿Cómo logro llegar hasta tu antepenúltimo recuerdo,
sólo para pensar que no existe,
sólo para sentir que no vuela,
sólo para imaginar que no camina,
el de los ángeles alicaídos que el crepitar de las hojas dilucida?

Siempre amanece del mismo lado,
siempre me recuesto sobre el mismo piso helado,
siempre hago a un lado los tugurios de la mala memoria,
siempre busco respuestas donde no había preguntas.

¿Cómo enajenarse uno
y serse propio,
convirtiendo en invulnerable
todos los momentos del proscenio?

La vida es un pedazo de papel crepé,
no hay vuelta que darle 
y yo sigo buscando un poco de luz, 
ahí donde todas las oscuridades caben.



Imagen: Brassai


G.-


domingo, 12 de junio de 2016

Cómo

Cómo se deshilacha la vida
a medida que el tiempo se vuelve escarcha
y tu rostro almibarado
golpea la vitrina de los recuerdos.

Cómo pasan las horas entre velos y desvelos,
cómo se desvanece la arena entre mis manos,
cómo veo pasar las nubes etéreas entre las sábanas,
cómo.

¿A qué hora amanece,
cuándo, cómo, dónde, por qué,
si la vida es un crisol de esperanzas,
la experiencia nos juega malos recuerdos?

Cómo veo pasar el rio manso,
transitando toda su tempestad,
haciendo de su transparencia mi salvedad,
recordando y acuñando cada desgarro.

El fin de los tiempos nos encuentra solos,
los pisos por encima y por debajo se aplacan,
los relojes marcan la hora del entierro
y siempre quiero creer que aún es enero.

No bastan todos los otoños de este cielo
para sofocar las lágrimas de los bemoles quebrados
por la amargura de sabernos enteros
y desgarrados del mismo lado.

G.-

lunes, 15 de noviembre de 2010

Un amor de...

- "A veces pienso que no vale nada lo que uno se guarda. Si no ve la luz, no nace; entonces nunca fue, entonces nació y murió en uno, entonces qué horrible porque hay muerte en el alma de uno, hay cosas muertas".








hay chicas muertas...


G.-