viernes, 29 de julio de 2011

Viernes 3 AM

Son como esferas de hielo que se acercan, húmedas, mojadas, frías, hasta mí. No tienen forma, pero son esferas. Puedo ver sus puntas bien afiladas y esas garras de marfil que no saben tocar bajo la lluvia, pero sí sobre el fuego.

Esas esferas, ahora cristalinas, se acercan a mí, y me asusta el arte fotográfico de sus contornos negros, bien marcados, y ese punto en su centro, que sigue con piel de vigilia mis pasos. Desata mis desgarrados pantalones y baja el cierre de mis pies. Las esferas me cruzan nuevamente y no me dejan escapar.

Hay lobos ahí afuera y las esferas no se animan a rodar hasta sus mandíbulas. Tienen ganas de perder el halito en un sin esfuerzo, en una cama, un sofá, una mesa, un auricular...

No pienso decir ni una sola cosa de las que tengo pensado decir. El ángel se cayó del panal y las esferas rodaron fuera de las sábanas. El crudo invierno golpeaba a mi puerta y mis manos se escapaban por el picaporte. Detrás de la madera no había nadie. Sólo quedaba la sensación, fría, de que algo se había ido.

G.-

sábado, 18 de junio de 2011

D

Desamparo

Es tarde y debería estar durmiendo junto a ella, en mi cama, como lo está ahora, bien arropada bajo mis frazadas.


Resulta paradójico pensar que algo que es “mío” la está cubriendo sin estar yo justamente con ella, arropándola. Me resulta extraño no poder dormirme estando con ella, estando tranquilo de que la tengo al lado, bien agarrada con mis brazos y que es poco probable la idea de que “se me escape”, tal como si fuera “algo”, una “cosa”, es decir, un objeto capaz de ser poseído y, por lo tanto, desmembrado como los gajos de una mandarina criolla llena de semillas que uno esparce por el suelo y luego crecen truncos arbolitos, cuajados y desvalidos por la contaminación ambiental y por la falta de cuidado.

Si ella se despierta y me ve sentado frente al monitor seguro se va a enojar y no va a ni siquiera querer mirar lo que escribo, o tal vez sí… seguro.

La cosa es que, no hay ninguna cosa. Intentémoslo pensar sencillamente…ardua tarea para mí que pienso las cosas diez veces para terminar diciendo y actuando contrariamente a lo cavilado. ¿Qué es “sencillo” entonces? Es responder claro y conciso, tal cual lo hice hoy con el “está bien” a su tan larga, pero consciente y acertada aseveración. Es lo correcto, coincido con ella, y en gran medida es “volver” al estadio originario, en el que físicamente nos habituábamos poco, pero nos sentíamos mucho. Porque frente al quiebre ontológico que se produjo recientemente, racionalizar así, es bastante tranquilizador y, por sobre todo, entendible y, por último, aceptable.

Desamparo. Es más que sentirse solo, es sentirse aislado, vacío, cruelmente separado del espejo en el que uno se aprecia y se reconoce y se confía. Confía. Confianza. Desamparada confianza. Confianza desesperanza. Qué difícil se me volvió la puta ecuación, cuando antes me era más que sencilla. Bueno, entonces no la pensemos en términos matemáticos: hagámoslo simple.

El desamparo es como la falta/ausencia de ganas, es como el cuadro administrativo sin el carisma, como la microfísica sin la micropolítica, como un deleite intelectual de cuarta como los intelectuales ultraorgánicos aburguesados que escupen saber manchado de “seguridad patrimonial”. Es como desistir en medio del pozo de la vida, ver el “todo” como si fuera la “parte” y la “parte” como si fuera el escroto…

Decisión

Ahora bien, cuando hay que elegir, hay que elegir, es una tautología sin vueltas, o algo así, creo que esa era la palabra, pero suena bien, como “por antonomasia”.

No busco que me entiendan, ¿entendés? Me siento mejor sin ser entendido o comprendido porque, más allá de que existan millares de cosas que no entendemos y otras tantas actitudes que no captamos ni alcanzamos entender los códigos que se reserva, yo prefiero seguir siendo un misterio. Es interesante, o al menos para alguien debe serlo. Pero cuando la causa del misterio se vuelve un misterio en sí mismo y cuando la forma de ser del misterio se vuelve causante común de todas las actitudes, lo que falta es decisión para parar la máquina y decir las cosas como son: misteriosas.

En resumidas cuentas: cuando hacés de la excepción una rutina, se te va todo para atrás y provocás el efecto contrario al deseado. Entonces los demás se cansan y el que en última instancia sale beneficiado es uno mismo.

Aún así uno se considere un “lobo estepario”, un loco cualquiera, un freak interesante, uno es nada. La nada es el todo que nos rodea y nosotros somos cuerpos de nada, qué pesimista, ¿no?

Entonces falta decisión, muchachos.

¿Cuál va a ser la tuya, entonces?

Aceptar las cosas como son, darle para adelante, ser y hacerla feliz. Porque al fin de cuentas, la sigo amando, la amo.

Yo ya elegí. Y elegí bien. Sigamos así. A no aflojar que ahora viene lo mejor.


G.-

martes, 17 de mayo de 2011

Parsimonia escatológica


esta carta es para vos:

Es como un despilfarro estrafalario, lleno de perogrulladas insubordinadas, plantados antromorfopsicológicamente mal; seguro que fue Jaime, él siempre tiene la culpa de todo. Es un axioma tautológicamente comprobable que esta parsimonia incontrolable de vocablos esgrimidos a través de una A4 prescriben como causa y terminan siendo un fallo de la situación humana que se nos antoja presentarles en estos momentos. Nadie diría nada de lo que no deba decir, siempre y cuando diga algo sobre lo que no tiene nada que decir y en la medida en que se le canta pronunciar apocalípticas parábolas y rectas delineadas en el bestiario de un Julio, o Junio, o Mayo…



Es así que la prostitución se vuelve algo tangible. Sí. García Márquez tenía razón: todo es relativo (¿o el que dijo eso fue Einstein?). De todas maneras cabe aclarar que “estoy enfermo”, dijo Jhonny. “Me llaman el lobo mamario, porque no para de dar regalitos perinatales”. En estos vociferos escatológicos de simposios niñales lo suficientemente supeditados al placer como para sobar bien un pedaso de carne mal cocinado: Bravo chicos!



Y como el problema es que siempre volvemos a nacer, para nosotros no hay más cura que la vida y la muerte al mismo tiempo. Porque el capitalismo te mata en vida y los Papas se la pasan fornicando diabólicamente con las monjas y los protestantes aparecen en los Simpson y son todos unos amarillistas de porquería, ¡fuera yankees!

Entonces, lo decimos en alemán: le Fausten caguen between after culen. Escataloguen prosianon, puten marxen! Las putanen parioren, conchen!

¿Por qué todo esto?, se preguntaran ustedes, muy sugestiva, sutil, intelectual, pueril, moral, estúpida, mordaz, tenaz, Alcatraz, Sinatra, mortal, sin más, mente… Y la cosa es que, al decir de mis amigos, no sé. A veces está bien sentir el palpitaje mortal de la sien prontuaria y semidorsal, para poder atestiguar el advenimiento de nuestro sutil propiciatorio escueto ojo. Es decir: todo lo que nosotros somos, es lo que ellos son, en la medida en que no somos más que caricaturas gatescas de la melancolía de nuestros amigos que lloran por lo alto y ríen por lo bajo,¿o era al revés?

Las preguntas nunca estás de más: siempre están de menos. ¿Qué carajo te importa a vos lo que estoy diciendo? Pero che, no preguntes te dije. ¿A qué te referís? A que no respondas una pregunta con otra pregunta. ¿Me tomás por tonto vos? No, por Coca-cola, es decir, sí, por eufemístico.



Y como la numismática es un deporte solo para adeptos del vino tinto de caja, importado desde Mendoza, yo les vengo a traer alegría: mañana se acaba el mundo. ¡Hurra!, ¡Hurra!



Y así fue como Jaime y Jhonny fueron asesinados por la espalda con un sable con forma de revólver que disparaba fuego frío.





Querido y desangrado corazón,


sábado, 19 de febrero de 2011

miércoles, 9 de febrero de 2011

22/01/93

Me robaron el espíritu (¿alguien lo ha visto por ahí?). Me desaparecieron. Perdí conexión. Hubo un estruendo calamitoso en mi cuerpo que me hizo perder el equilibrio y que provocó remordimiento en mis ojos, en esos prismas que se hallaban irremisiblemente perdidos en la desesperación y el desamparo.

Los brazos se me entumecieron sobre el teclado y a la postre, el silencio logró apagar todo audible dolor. Pero ¡qué terrible silencio el que te empuja al abismo y como si fuera una bailarina del mismísimo demonio te llamara para disertar sobre la angustia frente a un simposio de la no-personalidad!

Me abrecé fuerte a la esperanza y no quise perder de vista mis manos (ellas estaban inquietas y me dolían; algo estaba faltando, en ese momento, algo se estiraba solemne en el impasse de mi inmaduro sufrimiento).

Soy un hombre estepario. Ésta realidad que transito (al menos gran parte de ella) no es mía, no me pertenece y te pega duro con aire a nuevo comienzo, donde los aromas, las visiones, los momentos y aflicciones, los resquemores y las ideas vuelven a mostrarse, sagazmente, para que las reconstruyamos a partir de sus ruinas y nos animemos a vivir y ser felices, nuevamente.

Se trata del riesgo; de uno que siempre se corre. Ese riesgo es el de no hacer y sufrir lo que se siente. Y es egoísta, sí. Pero cuando uno desespera y la individuación se transforma en individualismo postmodernista, y logra al fin encontrar el principio de su vida, su felicidad y su rebelde revelación, entonces, ahí, uno sucumbe, el no-ser sucumbe y da paso a nuestra realidad esencial (esa que pocos conocen, quizá nadie; seguramente una persona, y sólo esa persona, conozca la mía).




G.-
15/01/93

Y si acaso merezco la inmortalidad, ¿cómo he de propinármela?

Lo más terrible es que no podré hacer uso, abuso y goce de esa inmortalidad, porque no sería para nada mía, sino que le pertenecería al resto, a ese conjunto heterogéneo de seres amados y odiados que llamo resto. Tan solo me bastaría con asediar mi cuerpo con el más putrefacto veneno o con un poco de agua del arroyo Morón.

El problema no es la dificultad. La cuestión no es el tiempo, ni la distancia. El tema es el efecto que todo eso produzca sobre el resto.


G.-


jueves, 20 de enero de 2011

Anhedonia total


Tengo miedo a cerrar los ojos. Las imágenes se pasan dando volteretas enteras por mi cabeza y vienen una, vienen dos, vienen tres, cuatro, cien veces y retumban y me tumban y me levanto y me vuelven a azotar como si fuera un esclavo del espíritu.

Y no puedo escapar. Estoy ahí, ahora. Tirado y pisoteado por un tropel de desesperanza, pesadumbre, tristeza y enojo. Como botas militares, los enigmas del Yo se me presentan claros y me invitan a deshacerme en esa danza nefasta, para la cual han preparado un banquete y que llaman, como todos sabemos, Anhedonia...

Es algo así como un tablero de ajedrez en el que las piezas están inmóviles, pero no deja de haber acción. Todo pasa alrededor, pero no pasa nada. "No pasa nada, nadie pasa, solo una banda militar"; ni siquiera el Maestro me salva del destierro de mi alma. Un puñal atraviesa mis omóplatos de lado a lado, pero antes se cobija en mi pecho y es apretado fuertemente, con brutalidad, diría yo. Y lo retuercen y lo sacan seco, como si por allí no corriera sangre. ¿Dónde estás, querida sangre? ¡Ah, sí, ya recuerdo! Intenté darle un respiro por la madrugada, pero no hubo caso, pareciera que se coaguló o se atrincheró en mis brazos y ahí quedo, tiesa, como pintura de pared, como cuadro de adorno, como metáfora efímera.

Ese inapreciable lugar. ¿Cómo calificarlo? Solo se puede decir (al menos así lo detallan los expertos) que no hay nada allí. Es solo vacío. Es un espacio que se abrió en medio de la lona, en medio de la membrana del techo (que es nuestro cerebro), se abrió y dejó entrar viejos rencores y varios, para nada placenteros, recuerdos. Eso es. La incapacidad de sentir placer. ¿Cura? Sí, existe. ¿Cuál es? No lo sé, la estoy buscando...

Hace frío en Anhedonia. Y lo peor de todo, es que no lo siento.


G.-