22/01/93
Me robaron el espíritu (¿alguien lo ha visto por ahí?). Me desaparecieron. Perdí conexión. Hubo un estruendo calamitoso en mi cuerpo que me hizo perder el equilibrio y que provocó remordimiento en mis ojos, en esos prismas que se hallaban irremisiblemente perdidos en la desesperación y el desamparo.
Los brazos se me entumecieron sobre el teclado y a la postre, el silencio logró apagar todo audible dolor. Pero ¡qué terrible silencio el que te empuja al abismo y como si fuera una bailarina del mismísimo demonio te llamara para disertar sobre la angustia frente a un simposio de la no-personalidad!
Me abrecé fuerte a la esperanza y no quise perder de vista mis manos (ellas estaban inquietas y me dolían; algo estaba faltando, en ese momento, algo se estiraba solemne en el impasse de mi inmaduro sufrimiento).
Soy un hombre estepario. Ésta realidad que transito (al menos gran parte de ella) no es mía, no me pertenece y te pega duro con aire a nuevo comienzo, donde los aromas, las visiones, los momentos y aflicciones, los resquemores y las ideas vuelven a mostrarse, sagazmente, para que las reconstruyamos a partir de sus ruinas y nos animemos a vivir y ser felices, nuevamente.
Se trata del riesgo; de uno que siempre se corre. Ese riesgo es el de no hacer y sufrir lo que se siente. Y es egoísta, sí. Pero cuando uno desespera y la individuación se transforma en individualismo postmodernista, y logra al fin encontrar el principio de su vida, su felicidad y su rebelde revelación, entonces, ahí, uno sucumbe, el no-ser sucumbe y da paso a nuestra realidad esencial (esa que pocos conocen, quizá nadie; seguramente una persona, y sólo esa persona, conozca la mía).
G.-
miércoles, 9 de febrero de 2011
15/01/93
Y si acaso merezco la inmortalidad, ¿cómo he de propinármela?
Lo más terrible es que no podré hacer uso, abuso y goce de esa inmortalidad, porque no sería para nada mía, sino que le pertenecería al resto, a ese conjunto heterogéneo de seres amados y odiados que llamo resto. Tan solo me bastaría con asediar mi cuerpo con el más putrefacto veneno o con un poco de agua del arroyo Morón.
El problema no es la dificultad. La cuestión no es el tiempo, ni la distancia. El tema es el efecto que todo eso produzca sobre el resto.
G.-
Y si acaso merezco la inmortalidad, ¿cómo he de propinármela?
Lo más terrible es que no podré hacer uso, abuso y goce de esa inmortalidad, porque no sería para nada mía, sino que le pertenecería al resto, a ese conjunto heterogéneo de seres amados y odiados que llamo resto. Tan solo me bastaría con asediar mi cuerpo con el más putrefacto veneno o con un poco de agua del arroyo Morón.
El problema no es la dificultad. La cuestión no es el tiempo, ni la distancia. El tema es el efecto que todo eso produzca sobre el resto.
G.-
jueves, 20 de enero de 2011
Anhedonia total
Tengo miedo a cerrar los ojos. Las imágenes se pasan dando volteretas enteras por mi cabeza y vienen una, vienen dos, vienen tres, cuatro, cien veces y retumban y me tumban y me levanto y me vuelven a azotar como si fuera un esclavo del espíritu.
Y no puedo escapar. Estoy ahí, ahora. Tirado y pisoteado por un tropel de desesperanza, pesadumbre, tristeza y enojo. Como botas militares, los enigmas del Yo se me presentan claros y me invitan a deshacerme en esa danza nefasta, para la cual han preparado un banquete y que llaman, como todos sabemos, Anhedonia...
Es algo así como un tablero de ajedrez en el que las piezas están inmóviles, pero no deja de haber acción. Todo pasa alrededor, pero no pasa nada. "No pasa nada, nadie pasa, solo una banda militar"; ni siquiera el Maestro me salva del destierro de mi alma. Un puñal atraviesa mis omóplatos de lado a lado, pero antes se cobija en mi pecho y es apretado fuertemente, con brutalidad, diría yo. Y lo retuercen y lo sacan seco, como si por allí no corriera sangre. ¿Dónde estás, querida sangre? ¡Ah, sí, ya recuerdo! Intenté darle un respiro por la madrugada, pero no hubo caso, pareciera que se coaguló o se atrincheró en mis brazos y ahí quedo, tiesa, como pintura de pared, como cuadro de adorno, como metáfora efímera.
Ese inapreciable lugar. ¿Cómo calificarlo? Solo se puede decir (al menos así lo detallan los expertos) que no hay nada allí. Es solo vacío. Es un espacio que se abrió en medio de la lona, en medio de la membrana del techo (que es nuestro cerebro), se abrió y dejó entrar viejos rencores y varios, para nada placenteros, recuerdos. Eso es. La incapacidad de sentir placer. ¿Cura? Sí, existe. ¿Cuál es? No lo sé, la estoy buscando...
Hace frío en Anhedonia. Y lo peor de todo, es que no lo siento.
G.-
miércoles, 19 de enero de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
Un final feliz
- ¿Alguna vez se ha preguntado si usted es realmente feliz?
¿Y quién te dice que no?
- Nunca tuve necesidad de hacerlo.
Todos la tenemos. Pasa que no nos animamos a decir que NO.
- Pues debería.
En realidad. Ya se lo preguntó...y falló.
- ¿Por qué?
No hay pregunta más exacta.
- Simplemente, porque voy a matarlo, Doctor...
G.-
jueves, 6 de enero de 2011
Tiempo de resurrección - I -
Ya no era más ese bastión de pedantería pueril que supo ser con sus pares. De chico no era el sabiondo, si no uno más, un tontuelo de aquellos de los que se babean en la cama cuando duermen de noche y de los que tiene sueños que lo marcan para toda la vida, como el del cocinero asesino o el de ese monstruo verde y pegajoso del álbum de figuritas que me perseguía por una casa que era como la mía pero que no era mía, porque estaba todo abierto y todo el aire entraba y salía, era de noche y no se veía nada, estaba solo, sin nadie que me protegiera, no había ni bichitos de luz ni grillos, solo yo y lo otro, ese Súper Yo inmaculado, ese pedazo de seda intocable, inalcanzable, ese ser que se había erigido sobre el elogio de los menos y las caricias de los más. Entre melancolía y otro café me encontraba esta noche, hasta que la luna clareó mi páramo y mi desolación ya encontraba regocijo en cualquier hendidura del zócalo de la pared del primer piso que hoy sellaba con cinta de papel para poder pintar mañana o pasado esa maldita casa de alta alcurnia y poca ética. Quién sabe cuántas mujeres tendrá ese tipo, si ni siquiera vuelve a dormir a casa.
Son los retazos de mi alma de niño los que encuentro esta noche en medio de la transpiración y con unos lentes cuyo aumento solo atisba a brindarme un poco de calidez ante el inevitable padecimiento de la pérdida paulatina de la visión. Como si viera a través de un microscopio, encuentro mis pedacitos, mis células primas, mis partes perdidas y desencontradas, todas esas cosas que nunca encajaron muy bien y que nunca terminarían de encajar si ella no hubiera dado en el lugar exacto. Tenía doce años y mi psicóloga me parecía atractiva. Me habían dicho por ahí que los que tenían la "patología H" tendían a intentar levantarse a su psicólogo. Bueno, eso no me pasó a mí. Primero porque, sinceramente, no me daban muchas ganas; segundo, no había posibilidad, de doce a treinta y pico de años hay una diferencia sideral; tercero, seguía siendo “burguesamente feo” y por lo tanto no llamaría la atención de la mina, aunque es bastante abierta e inteligente, pero igual no importa, no es el caso que pretendo analizar. Aunque si debo decir que ella dio en el palo y me ayudó a salir…a la calle. Era un encierro ontológico que necesitaba su quiebre. Aunque no sé si era necesariamente ontológico, porque no sé muy bien qué significa eso, es algo así como el “ser en sí”, aunque no es el ser en-si del existencialismo sartreano ni de esa sarta de cosas complicadas que tiene la filosofía y que tanto me gusta y apasiona pero tan poco entiendo.
Son los retazos de mi alma de niño los que encuentro esta noche en medio de la transpiración y con unos lentes cuyo aumento solo atisba a brindarme un poco de calidez ante el inevitable padecimiento de la pérdida paulatina de la visión. Como si viera a través de un microscopio, encuentro mis pedacitos, mis células primas, mis partes perdidas y desencontradas, todas esas cosas que nunca encajaron muy bien y que nunca terminarían de encajar si ella no hubiera dado en el lugar exacto. Tenía doce años y mi psicóloga me parecía atractiva. Me habían dicho por ahí que los que tenían la "patología H" tendían a intentar levantarse a su psicólogo. Bueno, eso no me pasó a mí. Primero porque, sinceramente, no me daban muchas ganas; segundo, no había posibilidad, de doce a treinta y pico de años hay una diferencia sideral; tercero, seguía siendo “burguesamente feo” y por lo tanto no llamaría la atención de la mina, aunque es bastante abierta e inteligente, pero igual no importa, no es el caso que pretendo analizar. Aunque si debo decir que ella dio en el palo y me ayudó a salir…a la calle. Era un encierro ontológico que necesitaba su quiebre. Aunque no sé si era necesariamente ontológico, porque no sé muy bien qué significa eso, es algo así como el “ser en sí”, aunque no es el ser en-si del existencialismo sartreano ni de esa sarta de cosas complicadas que tiene la filosofía y que tanto me gusta y apasiona pero tan poco entiendo.
La vieja siempre fue un tanto odiosa, bastante fastidiosa y yo, mal que mal, adquirí bastante de ese “carácter podrido”, como a ella le gusta llamarlo, y lo puse en práctica para con ella, con mi viejo, con mis amigos, mis amigas y todo ser que caminara. Era un chiquillo odioso. Ja, digo era, como si alguna vez dejáramos de ser lo que somos. En realidad, siempre digo que el niño que tenía adentro terminó muriendo dentro de casa, en esas cadavéricas sesiones con Soledad, en la que éramos dos, ella y yo, qué cosa, ¿no?, siempre una mujer, la psicóloga, mamá, la soledad. Los griegos las tenían a las pobres minas como que eran un castigo divino. Muchos compañeros de la especie masculina (que siempre ha sido muy primate y por estos días se ha agudizado esa patología social) dirán que los griegos “la hicieron bastante bien”. Podrá ser, pero los muchachos que usaban sábanas como vestimenta perdían de vista que lo mejor que pudieron haber hecho los dioses era castigarlos con lo que les daba vida… Efectivamente, no nacemos de hombres. Nacemos de las mujeres. Por favor, no se burlen, no estoy siendo redundante, no quiero caer en banales tautologías, como tampoco deseo utilizar un expenso, como exuberante vocabulario en las postrimerías de este efímero y escueto texto que les vengo a ofrecer de corazón… El cual está atravesado por una flecha convertida en espada de hierro oxidado y que, segundo a segundo, se va retorciendo en mi interior, creando un agujero negro en el lugar donde se suponía debía estar mi corazón, en el caso de que aún estuviera allí…
Hasta el lecho de muerte por lo general se desfila con una caravana de gente detrás, portando rosas y cruces y llantos y lágrimas y todas esas cosas que hacen al romanticismo lóbrego de los funerales posmodernistas que se remontan a la edad media. Sinceramente quisiera estar escribiendo lo que destilo de los poemas de Benedetti, pero como no tengo ese “atisbo de luz poética” que me permita escribir sobre el difunto poeta, hago esta especie de perorata escrita para que escuchen la exhumación del cadáver de la persona que les habla en cuarta persona del sinlar, es decir, con el E - G - O entre las piernas y el gatillo frente a la boca, capaz de ser presionado con la lengua y oxidado con los ojos.
Habíamos llenado el pasaje que va desde el acantilado a las mazmorras con flores marchitas y sueños entrecortados, y de las campanas renacieron voces y monasterios y los bichitos de luz recobraron su fuerza y la algarabía que había sabido conjugar nuestras exquisitas pertenencias terrenales, se convirtieron en una expropiación sensorial; en una de esas que te hace volar hasta el más allá en un viaje de ida y vuelta, pero sin retorno.
Habíamos llenado el pasaje que va desde el acantilado a las mazmorras con flores marchitas y sueños entrecortados, y de las campanas renacieron voces y monasterios y los bichitos de luz recobraron su fuerza y la algarabía que había sabido conjugar nuestras exquisitas pertenencias terrenales, se convirtieron en una expropiación sensorial; en una de esas que te hace volar hasta el más allá en un viaje de ida y vuelta, pero sin retorno.
Y me quejaba de las experiencias fallidas que no fueron experiencias, y los barriletes por celular que remontaban mensajes de texto y hacía decaer los sauces llorones que se reían a carcajadas de nuestras desgracias existenciales y esa náusea eterna que sentíamos cuando nos acercábamos a nuestra mutua lejanía. Y si la providencia nos acompaña, el mañana será mejor y el hoy inolvidable. Pero una cosa es segura: soy libre.
No es una agradable sensación el sentir que a uno lo corren por la retaguardia y le van haciendo apurar el paso hasta alcanzar el libro de la repisa superior de la biblioteca de papá. Te encierran, son una cárcel que te libera de los avatares del presente y un prisma, un cáliz precioso que te permite ver el futuro.TERNO.
G.-
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