miércoles, 18 de septiembre de 2013

Inconsciente colectivo

Profundos abismos terrenales
de gracia divina,
enarmonías ficticias
de melodías celestiales,
amores pasados por agua
caída del cielo,
rocío embravecido de lágrimas corrosivas,
lascivas y efímeras.

La juventud inquieta y dispersa,
sabiduría jovial posee,
la mantiene y comparte,
cede, tropieza, cae y perece.

Sollozos inabarcables te ofrecen
una vida inalcanzable,
enhiestas paredes
que tu andar detienen,
¡No lo frenen!
Es inmortal, pero humano,
hombre desgarrado
por olvidos y estragos.

Música inmortal de castillos de cristal,
repugnancia animal a la fuerza brutal,
aullidos desesperados esbozamos,
junto a vos gritamos.

Ángeles vigías te protegen de los albores
del presente, de los errores del pasado
y aquí estamos,
con vos quedamos,

aún ciego te amamos.

23/08/2008
Dedicado a Charly García...



G.-

miércoles, 19 de junio de 2013

Ave fénix

Me despierto, despacio, mientras voy abriendo mis ojos y reconociendo mi realidad, la realidad de mi cuarto, que me invade y me atraviesa de lleno, en toda su existencia - sí, toda su existencia, toda, atravesándome.

Reconozco en el revoloteo incesante de mi mirada, mis manos, mis pies, mi piel ardiente de estupor al ver que aún es de noche y el sol se halla escondido tras las mazmorras de quién sabe qué difícil augurio. Sólo tengo ganas de que mi cuerpo sea mío, tan inaprehensible y libre como el mismo ave fénix, aquél con el que soñé y me hizo despertar de repente aquella noche, en la que me encontraba tan impertérrito como ahora y que, sin embargo, no era un tiempo distinto al mío, es decir, al ahora, sino que era - es - el ahora mismo. Y esto me provoca un desasosiego mayor, porque ya no tengo dónde huir - ¿y aún si tuviera, por qué debería hacerlo?


Es el renacer mismo de la pasión, tal como si dos cuerpos enardecidos por el calor de su tacto se encontraran a mitad de camino y chocaran, incesantemente, una y otra vez, buscando la destrucción del otro en tanto que otro ajeno a mí, que no soy yo, ni es él(/ella) mismo(/a), sino que es aquello que no es y se me presenta oculto - y aún así no se pudiese presentar, por el mismo hecho de su ocultamiento - y yo lo develo como puro e indómito, como mi deseo de placer.

El ave fénix renace una y otra vez, pero sólo renace una vez como primer renacimiento. Y ahí es cuando muere el ahora, en ese momento en el que el mañana es pasado, porque las cenizas han quedado bajo los pies alados, de rojo furia, henchido por el mismo estupor que éste mi desvelo ha provocado en nuestras sienes.

G.-

lunes, 29 de octubre de 2012

Prejuicio



Refrescas la cabeza
y te ves pálido en el espejo.

Mientes cada vez que te ves
y quisieras dibujar una realidad adversa
a esta forma rara de verte.

Mas aún quisieras solapar el prejuicio,
amoldar el sentir,
endurecer la mirada
y caminar con la cabeza erguida.

Te preocupan esos ojos altaneros,
que por doquier te seducen
y te sesgan,
quisieras volar lejos de aquí,
ser feliz.

Sin embargo,
no ves que las cosas han cambiado,
el mar ya no devuelve la bruma
el viento adormece las hojas.

Tus manos tiemblan,
tu pulso llora
y somos el mismo.

Solamente resta ver el día
pasar la noche solitaria /ileso.

G.-

jueves, 13 de septiembre de 2012

Penumbra


Te siento, penumbra, cabizbaja, ¿qué sucede? ¿Acaso las deshoras ya colmaron tu paciencia y sólo el fortuito atardecer – que nunca llega – te hace volver a revolotear por la calle? Es la llovizna, penumbra, es la llovizna. Ella que va y viene, que no descansa, que incluso en los veranos más cálidos osa posarse sobre el césped matutino, arrasar con la tempestad de la noche, con la soledad del hastío. Y no puede volver a convertirse en aire, en algas de cielo, en torrente de mar, no puede volver a ser lo que era, porque no se puede volver a ser lo que alguna vez se pronosticó ser, pero jamás se fue, no se puede vivir de la idea de vivir – aunque exista una idea de lo que la vida es o debería ser.

Vivir es ser vivido por los golpes, las caricias, helarse hasta los huesos bajo la lluvia esperando cartas que nunca llegan, mojarse los pies en una palangana y sentir que la sal cura nuestras heridas y en esa curación sufrimos. ¡Vivir es entonces sufrir, compañeros! Mas, ¿qué es sufrir sino saber que se está vivo? ¿Qué es, sino el recuerdo – cotidiano – de que nuestra piel no está muerta, que nuestros ojos están abiertos y que el corazón aún bombea esperanzas?

Las llamas ascienden hasta el picaporte y las manos frías del otoño no se animan a abrir la puerta. Del otro lado, hay una persona, sentada en un diván, dibujando lágrimas con sus ojos. De este lado, hay dos manos, un papel y un lápiz con el que pinta una tarde gris. El agua sigue cayendo y las manos no logran conciliar fuerzas con las lágrimas, ni unas ni otras quieren sostenerse en medio del derrame de sus epopeyas, en medio de su vida. Están frente a frente y no se ven, se quieren acercar y no se ven, quieren agolparse en el rostro inexcusable de su contraparte y no se ven, quieren ver y no se sienten, quieren vivir y ya no sufren. Desearían ser el peor deseo cumplido, para poder volver a ser deseo y no cumplirse jamás, para permanecer así, hasta el fin de los tiempos, agarrados de una soga atada, en un extremo, a una mano y, en el otro extremo, a la otra.

G.-

domingo, 12 de agosto de 2012

Una historia de placer – Parte I


Es una historia sobre el cuerpo y la posesión. No una posesión de tipo religiosa, sino una posesión más bien de tipo, ¿cómo decirlo?... física.

Es la idea propia de hacer propia la carnalidad del otro, de esa persona que tengo delante de mí o junto a mí.

Es la capacidad asombrosa de domesticar nuestros instintos y hacer que exploten dentro de nosotros, como si fueran dos bombas de estruendo que no aguantan la adrenalina de una mirada fugaz.

Son los labios tersos de una mujer bella, arropada en su cama, llamando al encuentro a quien a su lado la observa.

Es el movimiento - delicado - el sus manos y sus ojos y de todo lo que en ella es bello, es decir, es el movimiento completo de su cuerpo y su mirada, frente a frente.

¿Querés que siga?...

Pero a la vez, son las manos de un hombre, contemplativo y contenedor - posesivo por demás - , las que hacen de esa carnalidad arrojada a su existencia sobre una cama desprovista de cuidados, una excursión asombrosa hacia lo más hondo del ser.

Son la encarnación de la idealidad, de la idea de que es posible el placer.

Y no es un placer pasivo. No es aquel placer chato que uno toma del exterior con la simple observación. Este es el placer empírico, para el cual no hay palabras que puedan describir cosa semejante alguna.

Y es el desliz de esas manos sobre el cuerpo indefenso de esa mujer, lo que hace que el deseo sea deseo, que la encarnación de placer haga desastres con la contemplación, que la rompa por completo y que permita a ambos acercarse mutuamente.

G.-

martes, 10 de julio de 2012

Gonzalo - Parte II


Como les decía, era las veinte y veinte, ¿no? Bueno, a esa hora llegó el subte, dirección Los Incas – es decir, era mi hora de huída de la metrópolis, mi hora de regreso a los suburbios llenos de historia viviente. Iba vacío, lo que se dice vacío, pudimos viajar todos sentados hasta el final. No tuvo nada de distintivo el viaje, a menos que avanzar con la lectura de un libro (por el hecho de continuar leyéndolo) puede ser un hecho digno de mención. Pero, no. Llegamos a la estación Malabia – O. Pugliese, la gente se bajó, y otras gentes nos quedamos aún un par de estaciones más. Pero, aquí viene el quid de la cuestión. Apareció un hombre, de estatura promedio, cursando unos treinta y tantos años, poco robusto, con sus pantalones color beige setentoide – y su particular agujero en su lado izquierdo – y su pulóver bordó, también muy de época. De mirada rapaz y con sus auriculares puestos (vaya uno a saber lo que escuchaba), llevaba el boleto del subte hacia su boca, lo ponía horizontalmente sobre su labio superior y a ritmo libre indicaba con su altisonante voz, lo que parecía ser un llamado de auxilio, al nombre de Gonzalo.

Lo dijo una vez, y pareció que entonaba con ganas lo que escuchaba. Lo dijo otra vez y algunos interesados levantaron sus ojos. Ya a la tercera, era vox populi nocturno del primer vagón de la formación. Muchos nos quedamos mirándolo, intentando descifrar qué nos quería decir, qué buscaba dentro sí.

Ese grito de auxilio que parecía demostrar la insatisfacción que tenía consigo mismo y la necesidad de encontrar en sí, lo que no podía buscar fuera (ya era claro que mucha gente, por demás incómoda, lo único que pensaba era en expedir a ese sujeto del vagón, sin siquiera reparar en lo que le sucedía). “¡Gonzalo! ¡Gonzalo!”. Y a veces ni siquiera se podía saber bien si decía eso o pronunciaba ordenadamente una serie de vocales que a los oídos desprovistos de imaginación nos parecían indicar ese nombre. A todo esto, el viejo de campera azul y su esposa de lentes, cargando con su nieto de cuatro o quizás cinco años, responde una pregunta desoladora del niño:

-          ¿Por qué hace eso?
-          Está loco.

Tajante y en voz baja – como bien se espera que actúe un metropolitano – el señor, que seguramente venía del Shopping del Abasto (porque subió en Carlos Gardel), respondió. Seco, frío, distante. Lo miré. Me evitó. Volví con Gonzalo, que seguía yendo y viniendo por el vagón, gritando a viva voz su nombre, su inquietud. Si Hegel hubiese estado allí y si hubiese podido discutir en es mismo vagón con Freud, ambos concluirían en que ese sujeto estaba despertando y llevando fuera de sí a su propia negatividad reprimida, por el único afluente capaz de hacerlo: la palabra. Estudiando al viejo, Marx diría que no ha comprendido la lucha de clases y que, discutiendo con Gramsci, lo que expresaba no era más que la ideología de la clase dominante, oh, sí. Sin embargo, no había ninguno de ellos allí; sólo estábamos nosotros y nuestra propia inquietud. Y si fuera poco, el niño se río, otros adultos también se rieron e incluso, ya en Lacroze, otros siguieron comentando el caso. 

Gonzalo se bajó en Lacroze. No sabemos a dónde fue, ni dónde se quedó. Pero ya habiendo bajado de la formación, seguía gritando su nombre. Buscaba paz. O tal vez un símbolo de paz de parte de todos los que allí estábamos. 

Tal vez, no inquietaban los gritos de “¡Gonzalo!”, sino más bien, la idea de que existe la posibilidad – latente – de ser nosotros quienes necesitamos pedir auxilio, y preferimos callar, antes que pedir una mano cercana...

G.-

domingo, 8 de julio de 2012

Gonzalo - Parte I

El reloj marca las veinte horas con veinte minutos. Es un horario cerrado, de un sábado por la noche. Es raro, porque ese tiempo parece el preludio de un apocalipsis o un holocausto: es una parcela de la tierra de lo temporal, sustraída del conteo, donde el silencio y el viento corruptor de almas se hace presente, con intensidad. Los adolescentes salen a bailar, a tomar algo en los bares, a despejarse de la vida cotidiana. Los adultos – ya envejecidos a partir de los treinta años – vuelven a su casa del trabajo, u organizan alguna cena con sus amigos de la secundaria. 

A esa hora – maldita –, por la Avenida Corrientes se puede observar el grueso de gente que transita la ciudad. Los teatros. De una punta a otra de esa calle – que se dirige al “bajo”, centro idolatrado de la metrópolis – se encuentran esos refugios (algunos dirán “antros”) del arte.  Arte burgués, sí. Es irrevocable la sentencia. Aún así el tema de la obra sea la lucha de clases, el arte teatral de la avenida Corrientes es de los caratulados como comercial, ergo, burgués. 

Esta definición que para muchos será escatológica e incluso apresurada, sólo sirve para darme el pie para lo siguiente, para nuestra verdadera cita de esta noche.

Viniendo por Uruguay, desde Talcahuano y Avenida Córdoba, uno se cruza con varios hechos más que apreciables (unos por lo sorprendente y mágico, otros simplemente por lo moderno): la estación del Subte B, la escultura de Olmedo y Portales, la gente (como si fuera poco) que deambula por allí constantemente y en la esquina de enfrente, una sucursal del Banco Ciudad.

Vamos por partes. Uno llega al lugar, y cree encontrarse en el centro exacto – si no fuera porque a dos cuadras hacia la izquierda se ubica el monumental Obelisco, empotrado en el medio de la 9 de Julio, centro de la película Pizza, birra y faso (de hecho, muy recomendable).  Se encienden las luces por doquier (aunque no muchas de neón, porque ya no parecen ser los psicodélicos 80 pre-posmodernos o los apocalípticos 90 posmodernos), la gente se choca, se empuja, se insulta por lo bajo y ninguna es capaz de esgrimir la más sincera sonrisa. Del Banco, no hay mucho que decir. Está ahí, como siempre (¡mentiras!) lo estuvo, aunque bien sabemos que algún día (hagamos que así sea) deje de estar y allí sea emplazada una biblioteca, una escuela, un teatro, o sean plantadas flores.

Por otra parte, la escultura de Portales – Olmedo trae a la memoria de los porteños y no porteños, esa entrañable sensación de poder sonreír en medio del tumulto y de una época de oscuros porvenires, en la que lo único que está garantizado es la inseguridad del futuro, la inestabilidad humana – sí, humana – del presente y las voces del “ya no se puede”, “ es mejor así y no seguir intentándolo”, “son todos iguales” o – la más rutilante – “estos mediocres e hipócritas deberían dejar de existir”, tal como si uno mismo pudiera huir de todo eso y ocultarse en la Torre de Marfil. En este punto, la escultura trae a la memoria de los presentes el recuerdo de nuestra manía de ser siempre los mismos, cuando pensamos que estamos siendo diferentes al resto, como si esto pudiera garantizar algún tipo de provecho. Ojo, no estoy azotando a nuestra querida originalidad, pero hay muchos cuerdos dando vueltas por ahí que se acusan a sí mismos por no poder volar a través del acoso de sus pares. Mientras más manos se unan, menos fuerte será la caída y más fácil será levantarse.

Por último, el Subte. Esa colosal obra de ingeniería a la cual nos subimos todos los santos y demoníacos días para trabajar, estudiar, salir, entrar, hacer el amor, buscar y perder el amor, no encontrar nada o escuchar a varios cuerdos dando vueltas por ahí, sin saber qué hacer, a dónde ir, qué fingir, qué vivir. La vida estancada en mitad del tiempo, sometida a los compases del reloj, al pulso – ¡embrujado! – de la melancolía de las horas. En el subte encontrás todo eso, y más.

G.-