domingo, 8 de enero de 2012

A solas con mi noche – I –



Llueve
y el cielo está claro,
relampaguea
y el silencio invade la llanura.

Las cortinas todas
desparramadas por el suelo / limpio
el bosque del patio
el terreno despellejado.
Con mis alas cortadas
y la noche de estrellas
el viento sopla fuerte
hace crujir las hojas.

Un ermitaño suspira
por las voces del pasado
que lo aquejan
y le exigen perdón.

Un mar de titanes
se dibuja en la pared
la pintura salta / englobada
y la calle respira parquet.

A solas con mi noche
el búho llama a la puerta
los fantasmas se esconden
bajo las baldosas.

El mal augurio
de mi presente
avecina
futuros prósperos.

G.-

sábado, 7 de enero de 2012

Fruición


- ¿Qué es lo que te dolió recientemente?

- Tu voz.

- ¿Lo que te hizo temblar?

- Tu lejanía.

- ¿Lo que te hizo confiar?

- Tus ojos.

- ¿Lo que te hizo dudar?

- Mi seguridad...



G.-

Miserere


¿Qué es esa insoportable levedad que me empuja hacia la nada, hacia lo inerte que en mí supe crear? Casi por omisión, mis huesos desaparecen y la humanidad se apiada de mi piel. Es la miserable encarnación de un viernes por la madrugada en el que las voces del olvido saturan mis oídos y los recuerdos del mañana ya se disipan en la bruma de la estepa. Memoria. Miseria. Mentiras. Resulta ser una existencia nauseabunda, vomitiva, estéril, vacía de contenido. Y, perplejo ante la adjetivación constante, en la que el ego se vuelve alterego, cedo a plena voluntad y dejo caer la sábana desde la cama hasta el piano, mirando el naciente temor de quedar descubierto frente al mundo. Inerte.

Forma simple y ajustada de escaparse del diván y el análisis. Es tiempo de reconstruir utopías y de dibujar nuevos y luminosos amaneceres, en donde el mundo sea todos los mundos, posibles e imposibles.

Para ser un loco, hace falta haber escalado hasta lo alto del monstruo de la mediocridad y el "equilibrio sacro". Además, eso de ser siempre bienamanerado, sutil, cortés y sublime, se vuelve una práctica aburrida. Una pobre sensación de olvido nos recorre si profesamos la indiferencia burguesa, si nos amoldamos en bloques y no nos subvertimos. Ahora es el tiempo del levante. Ya no quedan rémoras y es necesario devolver los peces muertos al agua, para que se les otorgue digno sumergimiento. Por ahora, no descanso. Buenas noches.

G.-

miércoles, 4 de enero de 2012

Dictamen

El llanto desciende por tu vértice, y no siente el vértigo ni el miedo a caer en tu abismo de indiferencia.


Los recuerdos de tu presente te producen deshonra y aún no sabes qué es lo que esto significa. Las gotas caen, una tras otra, como en una catarata interminable, dotada de agua fría. Los párpados disparan despavoridos hacia el horizonte y el esmalte caoba de tus ojos se delata triste. La tez de tu boca se estremece y los besos que osaste propinarme, no me pertenecen.

Ciega estrafalaria, tu locura ya no provoca estupor, es parte del paisaje. La indiferencia del abismo es equitativa. La justicia de la atrofiada morfología hexagonal de tu cuadrado pensamiento no hace más que lograr que toda esta paupérrima ecuación cuaje, tal como si lo bello fuera aciago y cínico.

Después de todo, la dignidad no se pierde ni se gana. Se trafica a montones. Y no dudas en tranzar una y otra vez. Esa estela de inocencia que parece recubrir tu cuerpo, no hace más que demostrar lo senil de tus movimientos. Esa desavenencia, ese desdén profano que desparraman tus manos. Ya no te queremos ver por aquí. Es tiempo de presentes mejores.

La escuela de la vida, nunca dictó cátedra. Frente al bajo presupuesto (por no decir inexistente), los docentes (y decentes) han desistido en su tarea de educar a díscolos de prebenda, a jueces de cruces, a guardianes del alba eterno, y demás. La escuela de la vida es una ilusión fallida, forjada, según lo que los jóvenes sabios rezan sobre el sepulcro de sus dioses caídos, en la alborotada ciudad de las Luces (y eso que muchos pensábamos que era algo tan miserable y vacío como un siglo).

Las luces se apagaron, solo quedan reflexiones de diván e hipnosis de fantasía.

El llanto te coloca nuevamente en tu lugar. Sos bella. Interesante. Llamativa. Pero hay un lugar que nunca podrás ocupar. Tu descortés lozanía suele azotar a los más desfavorecidos (aunque a muchos afortunados también, cuenta la leyenda). Señora Soledad, le pido que me deje tranquilo, ya tuve demasiada compañía con usted. Está tan presente como la propia vida. Sólo que esta última sabe esconder sus sonrisas y sus ojos.
Ya no llore. Nos volveremos a ver. Saludos cordiales.


G.-

lunes, 28 de noviembre de 2011

Suicida

“Quisiera ver ese mar al amanecer. Preciso tiempo para crecer. Quisiera ver ese mar y veo esta pared. Yo ya no sé qué hacer”.

Suicida, Charly García.
Cuenta la historia, que un joven, algo siniestro, vetusto, aunque reservado, rondaba las calles de Costa Rica. Se decía de él que era algo adolescente y hombre, algo “constant concept” y a la vez tradición. El pibe no era vanguardia, era un efímero seguidor de los seguidos. No era más que estela, ni menos que polvo cósmico, era sólo un pedazo de ostracismo anclado en una teja de un motel viejo, de esos que encontrás a mitad de camino de cualquier centro turístico conocido.
La cosa es que, el pibe, este que era medio morrudo, cabizbajo, muchas veces andrajoso y pertinaz en lo que a molestia y seriedad refiere, no encontraba a Paz. Paz era un señorita, algo incógnita, desaparecida. Muchos pensaban que estaba inencontrable, y tal vez, así fuera realmente, porque la chica no se dignaba a aparecerse por ninguna esquina, por ningún árbol, ni siquiera por alguna atractiva enredadera de invierno o bajo el techito circular de algún hongo primaveral.

Hasta que, andando por los pasillos del laberíntico mate que tenía, decidió buscarla tras las ramas, bajo las raíces, detrás de las paredes o incluso mirando al cielo oscuro, con la luna de clara luz y con los nubarrones que se acercaban desde lejos, chisporroteando flashes por encima de sus curvaturas de algodón. Esa noche, particularmente, tenía ansias suicidas y por eso buscaba desesperadamente la compañía de Paz. Ella acostumbraba a vagar, libremente, por muros y alcantarillas, por baldíos y rascacielos; era un ave rapaz, ciega y muda, pero llena de esperanzas.
No la encontró por ningún lado. Solo tenía entendido que había una avenida cerca, pero que Paz no era más que el apellido de algún general que allá, por el siglo de las oscuridades, dio pelea con sable y mocasín, a otros señores de bigotes. Pero bueno, milicos hay muchos, así que ni idea. Ella se perdió en medio del lago, le habían dicho unos caminantes hediondos que disparaban fuego a través de sus ojos. Destellaban ira, bronca, con el ceño fruncido y la bala clavada en la quijada derecha. Él comprendió que ella estaba sumida en la más perfecta calma, debajo del agua seca de su inconsciente, esa laguna fría y solitaria, sin peces ni algas, sin corazonadas, sin desesperanzas. Lo único que podría encontrar allí, eran escuetas respuestas y posibilidades de supervivencia, por lo que el muchacho decidió buscar por otro lado. Ya no importaba encontrar una paz inexistente. Ahora, había que buscar no ser un suicida diario, y cuidar la paz que ya se tiene.

G.-

viernes, 29 de julio de 2011

Viernes 3 AM

Son como esferas de hielo que se acercan, húmedas, mojadas, frías, hasta mí. No tienen forma, pero son esferas. Puedo ver sus puntas bien afiladas y esas garras de marfil que no saben tocar bajo la lluvia, pero sí sobre el fuego.

Esas esferas, ahora cristalinas, se acercan a mí, y me asusta el arte fotográfico de sus contornos negros, bien marcados, y ese punto en su centro, que sigue con piel de vigilia mis pasos. Desata mis desgarrados pantalones y baja el cierre de mis pies. Las esferas me cruzan nuevamente y no me dejan escapar.

Hay lobos ahí afuera y las esferas no se animan a rodar hasta sus mandíbulas. Tienen ganas de perder el halito en un sin esfuerzo, en una cama, un sofá, una mesa, un auricular...

No pienso decir ni una sola cosa de las que tengo pensado decir. El ángel se cayó del panal y las esferas rodaron fuera de las sábanas. El crudo invierno golpeaba a mi puerta y mis manos se escapaban por el picaporte. Detrás de la madera no había nadie. Sólo quedaba la sensación, fría, de que algo se había ido.

G.-

sábado, 18 de junio de 2011

D

Desamparo

Es tarde y debería estar durmiendo junto a ella, en mi cama, como lo está ahora, bien arropada bajo mis frazadas.


Resulta paradójico pensar que algo que es “mío” la está cubriendo sin estar yo justamente con ella, arropándola. Me resulta extraño no poder dormirme estando con ella, estando tranquilo de que la tengo al lado, bien agarrada con mis brazos y que es poco probable la idea de que “se me escape”, tal como si fuera “algo”, una “cosa”, es decir, un objeto capaz de ser poseído y, por lo tanto, desmembrado como los gajos de una mandarina criolla llena de semillas que uno esparce por el suelo y luego crecen truncos arbolitos, cuajados y desvalidos por la contaminación ambiental y por la falta de cuidado.

Si ella se despierta y me ve sentado frente al monitor seguro se va a enojar y no va a ni siquiera querer mirar lo que escribo, o tal vez sí… seguro.

La cosa es que, no hay ninguna cosa. Intentémoslo pensar sencillamente…ardua tarea para mí que pienso las cosas diez veces para terminar diciendo y actuando contrariamente a lo cavilado. ¿Qué es “sencillo” entonces? Es responder claro y conciso, tal cual lo hice hoy con el “está bien” a su tan larga, pero consciente y acertada aseveración. Es lo correcto, coincido con ella, y en gran medida es “volver” al estadio originario, en el que físicamente nos habituábamos poco, pero nos sentíamos mucho. Porque frente al quiebre ontológico que se produjo recientemente, racionalizar así, es bastante tranquilizador y, por sobre todo, entendible y, por último, aceptable.

Desamparo. Es más que sentirse solo, es sentirse aislado, vacío, cruelmente separado del espejo en el que uno se aprecia y se reconoce y se confía. Confía. Confianza. Desamparada confianza. Confianza desesperanza. Qué difícil se me volvió la puta ecuación, cuando antes me era más que sencilla. Bueno, entonces no la pensemos en términos matemáticos: hagámoslo simple.

El desamparo es como la falta/ausencia de ganas, es como el cuadro administrativo sin el carisma, como la microfísica sin la micropolítica, como un deleite intelectual de cuarta como los intelectuales ultraorgánicos aburguesados que escupen saber manchado de “seguridad patrimonial”. Es como desistir en medio del pozo de la vida, ver el “todo” como si fuera la “parte” y la “parte” como si fuera el escroto…

Decisión

Ahora bien, cuando hay que elegir, hay que elegir, es una tautología sin vueltas, o algo así, creo que esa era la palabra, pero suena bien, como “por antonomasia”.

No busco que me entiendan, ¿entendés? Me siento mejor sin ser entendido o comprendido porque, más allá de que existan millares de cosas que no entendemos y otras tantas actitudes que no captamos ni alcanzamos entender los códigos que se reserva, yo prefiero seguir siendo un misterio. Es interesante, o al menos para alguien debe serlo. Pero cuando la causa del misterio se vuelve un misterio en sí mismo y cuando la forma de ser del misterio se vuelve causante común de todas las actitudes, lo que falta es decisión para parar la máquina y decir las cosas como son: misteriosas.

En resumidas cuentas: cuando hacés de la excepción una rutina, se te va todo para atrás y provocás el efecto contrario al deseado. Entonces los demás se cansan y el que en última instancia sale beneficiado es uno mismo.

Aún así uno se considere un “lobo estepario”, un loco cualquiera, un freak interesante, uno es nada. La nada es el todo que nos rodea y nosotros somos cuerpos de nada, qué pesimista, ¿no?

Entonces falta decisión, muchachos.

¿Cuál va a ser la tuya, entonces?

Aceptar las cosas como son, darle para adelante, ser y hacerla feliz. Porque al fin de cuentas, la sigo amando, la amo.

Yo ya elegí. Y elegí bien. Sigamos así. A no aflojar que ahora viene lo mejor.


G.-