sábado, 14 de enero de 2012

Desposesión angelical

Como las hojas secas del otoño, empañando el verde césped, tus alas han desfallecido y el rubor que tus mejillas supieron amortiguar, hoy dejan entrever las cicatrices que te dejaron impregnadas esas bestiales rocas contra las que chocaste aquella noche de nubarrones grises, en medio del campo, cuando, en pleno vuelo, la realidad osó propinarte la más dulce caricia de muerte, mirándote directo a los ojos.

¡Ah, vetusto ángel de mis mazmorras! ¿Dónde se encuentra tu aura de encarnación divina? ¿Dónde dejaste la belleza de nuestros días caminando por los Jardines Colgantes de Babilonia? ¿Dónde está la estela que supo ser mi sábana en las noches oscuras, bajo las palmeras de un oasis egipcio? ¿Dónde? ¿Dónde?


Las preguntas acosan mi bienestar y ni tu arrogancia, ni mis desganos, ni tampoco la vecina de al lado o el borracho del barrio se animan a darme las respuestas que necesito. Los intervalos entre entierro y entierro cada vez son más estrechos. Las calles están vacías y el vendaval que azota a Cuba, ahora tira al suelo todas las hojas de mi árbol de la eternidad. Las lápidas en los cementerios han desdibujado sus epitafios y los muertos están felices de poder descansar. El agua está tiesa, ¡ah, si tan sólo la pudieras ver, ángel! Ni los niños se sumergen en ella, ni los peces danzan, ni los hombrecitos de sombrero y bote pequeño y de madera se animan a adentrarse en los lagos o los ríos o los mares o los océanos o en los ojos de esa mujer de mirada sagaz y cigarrillo en mano, que acostumbra a sentarse en la primera mesa junto a la ventana del bar de la esquina, en el que resuenan a toda hora y minuto, los versos más tristes del tango. Y esa mujer mira. Arriba. Abajo. En frente. A sus costados. Los mozos quietos, el barman detenido en el cubito de hielo del whisky del acorbatado yuppie. Y ella. Ella mira, pero nadie la puede ver.

¿Qué es lo que dibujan sus ojos de tez caoba, de miel marchita? ¿Cómo es posible que su cigarrillo nunca se apague? Sus dedos de uñas rojas se tambalean sobre la mesa, recorren el borde de su copa de vino, como invitando al gran despliegue de hombres de gris que recorren la calle, en la más plena quietud, a sentarse a su lado y entablar una conversación amena, de aquellas en las que rayuelas, cafés, boquitas pintadas y costumbres de arrabal, conservan la misma tonalidad.

Por fin llegó el día en el que el alicaído muchacho se encontró con la mujer de cabellera negra. Él le comentó que ya no podía volar, que sus alas rotas no hacían más que arrastrase por el suelo y que, a no ser que encontrara una cura, su cuerpo se totalizaría en esa materia gris que estaba invadiendo al resto de las personas. Ella, en cambio, apacible y mensurable como siempre, apoyó su cabeza sobre su mano derecha (con la cual también sostenía su eterno cigarrillo), y sonriendo le dijo al ángel: No temas. ¿Logras ver ese reloj? (señalando la torre partida de la vereda de enfrente) Da las tres AM. Ya me toca irme. Volemos juntos un rato.

Dicho y hecho. Salieron por la puerta del barcito, dieron vuelta a la izquierda y salieron por la calle de los frondosos arboles que adornaban toda la vereda. Sus manos no se juntaron en ningún momento, pero sus ojos estuvieron atentos a los pasos de uno y otro, ininterrumpidamente.

La profecía se había cumplido. El cigarrillo se había apagado. El café se había enfriado. Los mocasines negros de los hombres de gris se habían disecado y los famélicos retratos del pasado se habían convertido en abundante trigo para la cosecha del aquí y ahora.

El alicaído joven recuperó su vigorosidad y la mujer del bar desapareció bajo el cielo estrellado, una de esas noches en las que el otoño golpea fuerte pero sinceramente, haciendo caer una tras otra las hojas secas que alguna vez supieron servir de cubrecama para el césped mojado por el rocío que iba lanzando el ángel tras su paso por la estepa.

G.-

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