Son como esferas de hielo que se acercan, húmedas, mojadas, frías, hasta mí. No tienen forma, pero son esferas. Puedo ver sus puntas bien afiladas y esas garras de marfil que no saben tocar bajo la lluvia, pero sí sobre el fuego.
Esas esferas, ahora cristalinas, se acercan a mí, y me asusta el arte fotográfico de sus contornos negros, bien marcados, y ese punto en su centro, que sigue con piel de vigilia mis pasos. Desata mis desgarrados pantalones y baja el cierre de mis pies. Las esferas me cruzan nuevamente y no me dejan escapar.
Hay lobos ahí afuera y las esferas no se animan a rodar hasta sus mandíbulas. Tienen ganas de perder el halito en un sin esfuerzo, en una cama, un sofá, una mesa, un auricular...
No pienso decir ni una sola cosa de las que tengo pensado decir. El ángel se cayó del panal y las esferas rodaron fuera de las sábanas. El crudo invierno golpeaba a mi puerta y mis manos se escapaban por el picaporte. Detrás de la madera no había nadie. Sólo quedaba la sensación, fría, de que algo se había ido.
G.-
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