martes, 18 de junio de 2013

Ave fénix

Me despierto, despacio, mientras voy abriendo mis ojos y reconociendo mi realidad, la realidad de mi cuarto, que me invade y me atraviesa de lleno, en toda su existencia - sí, toda su existencia, toda, atravesándome.

Reconozco en el revoloteo incesante de mi mirada, mis manos, mis pies, mi piel ardiente de estupor al ver que aún es de noche y el sol se halla escondido tras las mazmorras de quién sabe qué difícil augurio. Sólo tengo ganas de que mi cuerpo sea mío, tan inaprehensible y libre como el mismo ave fénix, aquél con el que soñé y me hizo despertar de repente aquella noche, en la que me encontraba tan impertérrito como ahora y que, sin embargo, no era un tiempo distinto al mío, es decir, al ahora, sino que era - es - el ahora mismo. Y esto me provoca un desasosiego mayor, porque ya no tengo dónde huir - ¿y aún si tuviera, por qué debería hacerlo?


Es el renacer mismo de la pasión, tal como si dos cuerpos enardecidos por el calor de su tacto se encontraran a mitad de camino y chocaran, incesantemente, una y otra vez, buscando la destrucción del otro en tanto que otro ajeno a mí, que no soy yo, ni es él(/ella) mismo(/a), sino que es aquello que no es y se me presenta oculto - y aún así no se pudiese presentar, por el mismo hecho de su ocultamiento - y yo lo develo como puro e indómito, como mi deseo de placer.

El ave fénix renace una y otra vez, pero sólo renace una vez como primer renacimiento. Y ahí es cuando muere el ahora, en ese momento en el que el mañana es pasado, porque las cenizas han quedado bajo los pies alados, de rojo furia, henchido por el mismo estupor que éste mi desvelo ha provocado en nuestras sienes.

G.-