miércoles, 12 de septiembre de 2012

Penumbra


Te siento, penumbra, cabizbaja, ¿qué sucede? ¿Acaso las deshoras ya colmaron tu paciencia y sólo el fortuito atardecer – que nunca llega – te hace volver a revolotear por la calle? Es la llovizna, penumbra, es la llovizna. Ella que va y viene, que no descansa, que incluso en los veranos más cálidos osa posarse sobre el césped matutino, arrasar con la tempestad de la noche, con la soledad del hastío. Y no puede volver a convertirse en aire, en algas de cielo, en torrente de mar, no puede volver a ser lo que era, porque no se puede volver a ser lo que alguna vez se pronosticó ser, pero jamás se fue, no se puede vivir de la idea de vivir – aunque exista una idea de lo que la vida es o debería ser.

Vivir es ser vivido por los golpes, las caricias, helarse hasta los huesos bajo la lluvia esperando cartas que nunca llegan, mojarse los pies en una palangana y sentir que la sal cura nuestras heridas y en esa curación sufrimos. ¡Vivir es entonces sufrir, compañeros! Mas, ¿qué es sufrir sino saber que se está vivo? ¿Qué es, sino el recuerdo – cotidiano – de que nuestra piel no está muerta, que nuestros ojos están abiertos y que el corazón aún bombea esperanzas?

Las llamas ascienden hasta el picaporte y las manos frías del otoño no se animan a abrir la puerta. Del otro lado, hay una persona, sentada en un diván, dibujando lágrimas con sus ojos. De este lado, hay dos manos, un papel y un lápiz con el que pinta una tarde gris. El agua sigue cayendo y las manos no logran conciliar fuerzas con las lágrimas, ni unas ni otras quieren sostenerse en medio del derrame de sus epopeyas, en medio de su vida. Están frente a frente y no se ven, se quieren acercar y no se ven, quieren agolparse en el rostro inexcusable de su contraparte y no se ven, quieren ver y no se sienten, quieren vivir y ya no sufren. Desearían ser el peor deseo cumplido, para poder volver a ser deseo y no cumplirse jamás, para permanecer así, hasta el fin de los tiempos, agarrados de una soga atada, en un extremo, a una mano y, en el otro extremo, a la otra.

G.-