lunes, 27 de febrero de 2012

Manuscrito de hojarasca


“Si componemos versos / tensos y desolados / el dolor es de nuevo / una suerte de escolta”. Mario Benedetti, Tristeza, Defensa Propia.
Qué difícil es decir lo que uno piensa, sin dejar de ser uno mismo, sin dejar que los testigos del acto nos acusen de ataques de confusión. Qué difícil es tejer las palabras correctas, para saber que al final, el destinatario se opone a ellas.
Se escriben sentencias sin juicio previo y el juez del caso no es más que nuestra propia consciencia. Sea por la divina gracia del malestar en la cultura, o no, la razón por la cual aprendemos a despotricar basura encapsulada contra el mundo, no es más que la misma por la cual hablamos contra el espejo, mientras nos reflejamos en él y vemos a simple vista qué es todo eso que en nuestra imagen déspota vemos, todo lo que en ella odiamos.
La noche está teñida de azul oscuro. Las nubes aparecen y desaparecen en medio de ese mar inmaculado, efímero, universal y mi alma sale disparada hacia la nada, como si todo lo que supe construir se supiera transformable y saliera rodando por la borda de este naufragio.
No hay arrepentimientos. No hay resentimientos. No hay rencores. Por momentos, parece solo desidia. Pero, mirando más hondamente, entendemos que es tristeza. Ni siquiera del tipo palpable. No, no, no. Es esa cosa que no podemos ni tocar ni clasificar, pero que la sentís en medio del pecho, justo a la derecha del bombeador sanguíneo, justo debajo de la garganta, justo en el centro de nuestra estabilidad.
El reloj parpadea, segundo a segundo, y la sabia de mi árbol se diseca bajo el sol. Las nubes grises cuentan las agujas quebradas por el llanto de todas las mañanas antes de la salida del sol. Los libros se agolpan en la repisa y llaman a gritos para que sus páginas sean abiertas nuevamente y para que sus letras disparen destellos de duda hacia el horizonte.
La tristeza sólo golpea cuando más se la extraña, cuando más se la ha dejado de lado. En estos momentos, sus caricias son frías y hasta rasposas. Pero es innegable que aún sigue aquí y es la compañía más flagrante que ha sabido concebir mi vida.
Como si saliera desde un hondo pozo a ver la luz de la luna por las noches frescas del verano de la Cruz del Sur, vuelvo a sumergirme en él, altercado refugio de melancolías y lástimas secretas.

G.-

domingo, 19 de febrero de 2012

Integridad vacía



Me carcome por dentro la realidad, tan pálida - como siempre - , de no estar juntos, de no sentir tu tibio rostro en mi espalda o el pulso de tus manos en mis manos. Me acosa el recuerdo de mi muerte en tus recuerdos, me acosa el deseo de significar algo en el vacío de mi ausencia en medio de tu vasta consciencia.
Me cubre de frío, el viento polar de las miradas rapaces y fugaces. Veo en nuestros encuentros esa furtiva desviación de los instintos, tal como si los dos pretendiéramos ocultarnos el uno del otro, protegernos de la inevitable posibilidad de caer juntos en el lecho erótico.
Siento el último beso frío que jamás existió por primera vez, cada vez que el agua helada de la ducha matinal invade mi cuerpo y lo hace estallar en memorándums innecesarios. Ese palpitar que despierta la melancolía teñida de azul, en las tardes soleadas de veranos teatrales, no ha sucumbido, aún, a mis plegarias de muchacho pagano.
Esa injusticia cotidiana de querer evitar verte para no mirarme en el reflejo de tus ojos otoñales, y no aceptar a duras penas, que todo no está perdido, que aún hay un esbozo posible. Esa injusticia cotidiana de sonreírle a la vida, cuando ésta te propina los más duros golpes. Admiro tu altanería de porcelana; tan bella y frágil es.
La confusión está llena de esperanza, de esa esperanza que cuesta perder y parece cada vez más fuerte e infranqueable. Me aferro a la vida y mi pasión, para salir ileso de protección, para salir teñido de posible dolor, pero más aún, para hacer frente a nuestro encuentro indiscutido, a la hora en la que el telón de la noche cae sobre el crepúsculo y los cantos de ave dejan de oírse.

G.-

jueves, 2 de febrero de 2012

Exilio

La calle estaba fría y los adoquines de la vereda desprendían una niebla brumosa desde su sólido semblante de concreto.

Los árboles miraban a un cielo desgarrado por el paso de esos espesos algodones que todo lo cubren y que tanta agua hacen caer sobre el suelo mojado. Sentía un poco de frío en la nuca, pero nada raro para ser una noche de invierno revestida de melancolía.

Solía caminar un ida y vuelta nocturno, justo antes de acostarme, tan solo para despejar la cabeza y asegurarme un sueño largo y profundo (aunque nunca terminara siendo lo largo y profundo que una deseara, por más somníferos que tomara). Siempre hacía el mismo camino, por esas calles anchas, llenas de árboles frondosos, esbeltos y de ruda corteza. Y, como era costumbre, estaba solo. Ningún alma se dignaba a salir a esa hora de la noche, excepto yo, claro. El viento golpeaba fuerte en la cara y remordía la conciencia como si fuera el último hálito de existencia, por lo que las vetustas señoras del barrio no querían saber nada y los jóvenes andaban tranzando promesas falsas o deleitándose con la novedad televisiva.

Me agradaba el olor a tierra mojada producido por el rocío nocturno, como así también el olor a café recién hecho que salía por alguna ventilación de las casas en donde aún existía aquello que los dones de arrugas acostumbraban llamar “sobremesa”. La cosa era que no había nadie afuera y el frío rompía almas y cuerpos. Eso era lo bello.

Al pasar por la estación de tren, siempre se podía ver o a un viejo mendigo amigo de todos y compañero de nadie, con su cara triste y decaída, pero con la esperanza siempre latente de que de alguna formación baje algún ángel que lo ayude a seguir andando, o así también a alguna de las tantas parejas que día y noche danzaban por ahí; siempre sumidas en el fragor de la lucha por no abandonar el temor a estar solos o indemnes al dolor. De todas maneras, siempre había alguien con quien charlar.

Me sentaba entre diez y quince minutos en uno de los bancos del andén y me ponía a pensar en el quebracho tirado sobre la vía o el metal trabajado en la fábrica. Pensaba en la dureza de la vida, como así también en la del avejentado asiento sobre el que estaba apoyado mi cuerpo. Pensaba en el clamor de la bocina del tren, que te quema los tímpanos cada vez que se acerca a la estación. Pensaba en si había algún otro ínfimo ser como yo, que pensara en la noche y las letras, los poemas y la armonía, los cuentos viejos y las vías del tren, los bancos de iglesia y los mendigos nocturnos. Todo parecía tan raramente natural, que me había acostumbrado a aceptarlo de lleno, sin más. Mi renuncia indeclinable al hastío de la costumbre, se había vuelto ley.

Sin embargo, esa noche, en la que había salido a caminar como tantas otras, una vez que llegué a la estación, no había ni mendigo, ni rieles, ni parejas, ni quebrachos, ni bancos. Estábamos mi existencia y yo – algo más bien lamentable que solemne – parados en medio de la nada. Con mis manos dibujé un banco, en el que me senté, y con mis ojos busqué crudamente su existencia. Pasó a mi lado como periódico matutino, aunque se detuvo tres pasos más adelante. Volteó hacia mí, me miró con preocupación, sonrió – con esa sonrisa que hace sucumbir toda dureza – y siguió camino.

Desde ese momento, al mirarnos fijamente, supimos que no nos volveríamos a ver, jamás.

G.-