domingo, 29 de enero de 2012

A solas con mi noche – II –


Me vino a la mente
el recuerdo de tu vejamen
como un estrepitoso manjar de melancolía,
como tierra árida
y derruida.

El bosquejo de tus labios
ha roto – otrora tiempo pagano –
los versos de mis hojas,
los destellos de nuestro desenfreno.

Ya no suspiro por las lágrimas caídas,
ahora
dibujo manchas en la pared
después
sólo queda el parquet marcado.

La cama está soltera
el cielo nocturno
nublado
tu semblante esparce olvido.

Los libros marcados por el recuerdo
lapidario y furtivo del pasado
socavan mi memoria
y la hacen estallar de palabras.

Tu erotismo está desnudo
y no pretendo ser tu abrigo
porque la tempestad ha pasado – indemne –
frente a mí.

En la soledad de la noche
con los barrotes entreabiertos
mi compañía escapa
y vuelvo a sonreír.

G.-

sábado, 14 de enero de 2012

Desposesión angelical

Como las hojas secas del otoño, empañando el verde césped, tus alas han desfallecido y el rubor que tus mejillas supieron amortiguar, hoy dejan entrever las cicatrices que te dejaron impregnadas esas bestiales rocas contra las que chocaste aquella noche de nubarrones grises, en medio del campo, cuando, en pleno vuelo, la realidad osó propinarte la más dulce caricia de muerte, mirándote directo a los ojos.

¡Ah, vetusto ángel de mis mazmorras! ¿Dónde se encuentra tu aura de encarnación divina? ¿Dónde dejaste la belleza de nuestros días caminando por los Jardines Colgantes de Babilonia? ¿Dónde está la estela que supo ser mi sábana en las noches oscuras, bajo las palmeras de un oasis egipcio? ¿Dónde? ¿Dónde?


Las preguntas acosan mi bienestar y ni tu arrogancia, ni mis desganos, ni tampoco la vecina de al lado o el borracho del barrio se animan a darme las respuestas que necesito. Los intervalos entre entierro y entierro cada vez son más estrechos. Las calles están vacías y el vendaval que azota a Cuba, ahora tira al suelo todas las hojas de mi árbol de la eternidad. Las lápidas en los cementerios han desdibujado sus epitafios y los muertos están felices de poder descansar. El agua está tiesa, ¡ah, si tan sólo la pudieras ver, ángel! Ni los niños se sumergen en ella, ni los peces danzan, ni los hombrecitos de sombrero y bote pequeño y de madera se animan a adentrarse en los lagos o los ríos o los mares o los océanos o en los ojos de esa mujer de mirada sagaz y cigarrillo en mano, que acostumbra a sentarse en la primera mesa junto a la ventana del bar de la esquina, en el que resuenan a toda hora y minuto, los versos más tristes del tango. Y esa mujer mira. Arriba. Abajo. En frente. A sus costados. Los mozos quietos, el barman detenido en el cubito de hielo del whisky del acorbatado yuppie. Y ella. Ella mira, pero nadie la puede ver.

¿Qué es lo que dibujan sus ojos de tez caoba, de miel marchita? ¿Cómo es posible que su cigarrillo nunca se apague? Sus dedos de uñas rojas se tambalean sobre la mesa, recorren el borde de su copa de vino, como invitando al gran despliegue de hombres de gris que recorren la calle, en la más plena quietud, a sentarse a su lado y entablar una conversación amena, de aquellas en las que rayuelas, cafés, boquitas pintadas y costumbres de arrabal, conservan la misma tonalidad.

Por fin llegó el día en el que el alicaído muchacho se encontró con la mujer de cabellera negra. Él le comentó que ya no podía volar, que sus alas rotas no hacían más que arrastrase por el suelo y que, a no ser que encontrara una cura, su cuerpo se totalizaría en esa materia gris que estaba invadiendo al resto de las personas. Ella, en cambio, apacible y mensurable como siempre, apoyó su cabeza sobre su mano derecha (con la cual también sostenía su eterno cigarrillo), y sonriendo le dijo al ángel: No temas. ¿Logras ver ese reloj? (señalando la torre partida de la vereda de enfrente) Da las tres AM. Ya me toca irme. Volemos juntos un rato.

Dicho y hecho. Salieron por la puerta del barcito, dieron vuelta a la izquierda y salieron por la calle de los frondosos arboles que adornaban toda la vereda. Sus manos no se juntaron en ningún momento, pero sus ojos estuvieron atentos a los pasos de uno y otro, ininterrumpidamente.

La profecía se había cumplido. El cigarrillo se había apagado. El café se había enfriado. Los mocasines negros de los hombres de gris se habían disecado y los famélicos retratos del pasado se habían convertido en abundante trigo para la cosecha del aquí y ahora.

El alicaído joven recuperó su vigorosidad y la mujer del bar desapareció bajo el cielo estrellado, una de esas noches en las que el otoño golpea fuerte pero sinceramente, haciendo caer una tras otra las hojas secas que alguna vez supieron servir de cubrecama para el césped mojado por el rocío que iba lanzando el ángel tras su paso por la estepa.

G.-

sábado, 7 de enero de 2012

A solas con mi noche – I –



Llueve
y el cielo está claro,
relampaguea
y el silencio invade la llanura.

Las cortinas todas
desparramadas por el suelo / limpio
el bosque del patio
el terreno despellejado.
Con mis alas cortadas
y la noche de estrellas
el viento sopla fuerte
hace crujir las hojas.

Un ermitaño suspira
por las voces del pasado
que lo aquejan
y le exigen perdón.

Un mar de titanes
se dibuja en la pared
la pintura salta / englobada
y la calle respira parquet.

A solas con mi noche
el búho llama a la puerta
los fantasmas se esconden
bajo las baldosas.

El mal augurio
de mi presente
avecina
futuros prósperos.

G.-

viernes, 6 de enero de 2012

Fruición


- ¿Qué es lo que te dolió recientemente?

- Tu voz.

- ¿Lo que te hizo temblar?

- Tu lejanía.

- ¿Lo que te hizo confiar?

- Tus ojos.

- ¿Lo que te hizo dudar?

- Mi seguridad...

G.-

Miserere


¿Qué es esa insoportable levedad que me empuja hacia la nada, hacia lo inerte que en mí supe crear? Casi por omisión, mis huesos desaparecen y la humanidad se apiada de mi piel. Es la miserable encarnación de un viernes por la madrugada en el que las voces del olvido saturan mis oídos y los recuerdos del mañana ya se disipan en la bruma de la estepa. Memoria. Miseria. Mentiras. Resulta ser una existencia nauseabunda, vomitiva, estéril, vacía de contenido. Y, perplejo ante la adjetivación constante, en la que el ego se vuelve alterego, cedo a plena voluntad y dejo caer la sábana desde la cama hasta el piano, mirando el naciente temor de quedar descubierto frente al mundo. Inerte.

Forma simple y ajustada de escaparse del diván y el análisis. Es tiempo de reconstruir utopías y de dibujar nuevos y luminosos amaneceres, en donde el mundo sea todos los mundos, posibles e imposibles.

Para ser un loco, hace falta haber escalado hasta lo alto del monstruo de la mediocridad y el "equilibrio sacro". Además, eso de ser siempre bienamanerado, sutil, cortés y sublime, se vuelve una práctica aburrida. Una pobre sensación de olvido nos recorre si profesamos la indiferencia burguesa, si nos amoldamos en bloques y no nos subvertimos. Ahora es el tiempo del levante. Ya no quedan rémoras y es necesario devolver los peces muertos al agua, para que se les otorgue digno sumergimiento. Por ahora, no descanso. Buenas noches.

G.-

miércoles, 4 de enero de 2012

Dictamen

El llanto desciende por tu vértice, y no siente el vértigo ni el miedo a caer en tu abismo de indiferencia.

Los recuerdos de tu presente te producen deshonra y aún no sabes qué es lo que esto significa. Las gotas caen, una tras otra, como en una catarata interminable, dotada de agua fría. Los párpados disparan despavoridos hacia el horizonte y el esmalte caoba de tus ojos se delata triste. La tez de tu boca se estremece y los besos que osaste propinarme, no me pertenecen.
Ciega estrafalaria, tu locura ya no provoca estupor, es parte del paisaje. La indiferencia del abismo es equitativa. La justicia de la atrofiada morfología hexagonal de tu cuadrado pensamiento no hace más que lograr que toda esta paupérrima ecuación cuaje, tal como si lo bello fuera aciago y cínico.
Después de todo, la dignidad no se pierde ni se gana. Se trafica a montones. Y no dudas en tranzar una y otra vez. Esa estela de inocencia que parece recubrir tu cuerpo, no hace más que demostrar lo senil de tus movimientos. Esa desavenencia, ese desdén profano que desparraman tus manos. Ya no te queremos ver por aquí. Es tiempo de presentes mejores.
La escuela de la vida, nunca dictó cátedra. Frente al bajo presupuesto (por no decir inexistente), los docentes (y decentes) han desistido en su tarea de educar a díscolos de prebenda, a jueces de cruces, a guardianes del alba eterno, y demás. La escuela de la vida es una ilusión fallida, forjada, según lo que los jóvenes sabios rezan sobre el sepulcro de sus dioses caídos, en la alborotada ciudad de las Luces (y eso que muchos pensábamos que era algo tan miserable y vacío como un siglo).
Las luces se apagaron, solo quedan reflexiones de diván e hipnosis de fantasía.
El llanto te coloca nuevamente en tu lugar. Sos bella. Interesante. Llamativa. Pero hay un lugar que nunca podrás ocupar. Tu descortés lozanía suele azotar a los más desfavorecidos (aunque a muchos afortunados también, cuenta la leyenda). Señora Soledad, le pido que me deje tranquilo, ya tuve demasiada compañía con usted. Está tan presente como la propia vida. Sólo que esta última sabe esconder sus sonrisas y sus ojos.
Ya no llore. Nos volveremos a ver. Saludos cordiales.

G.-