lunes, 29 de octubre de 2012

Prejuicio



Refrescas la cabeza
y te ves pálido en el espejo.

Mientes cada vez que te ves
y quisieras dibujar una realidad adversa
a esta forma rara de verte.

Mas aún quisieras solapar el prejuicio,
amoldar el sentir,
endurecer la mirada
y caminar con la cabeza erguida.

Te preocupan esos ojos altaneros,
que por doquier te seducen
y te sesgan,
quisieras volar lejos de aquí,
ser feliz.

Sin embargo,
no ves que las cosas han cambiado,
el mar ya no devuelve la bruma
el viento adormece las hojas.

Tus manos tiemblan,
tu pulso llora
y somos el mismo.

Solamente resta ver el día

pasar la noche solitaria /ileso.

G.-

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Penumbra


Te siento, penumbra, cabizbaja, ¿qué sucede? ¿Acaso las deshoras ya colmaron tu paciencia y sólo el fortuito atardecer – que nunca llega – te hace volver a revolotear por la calle? Es la llovizna, penumbra, es la llovizna. Ella que va y viene, que no descansa, que incluso en los veranos más cálidos osa posarse sobre el césped matutino, arrasar con la tempestad de la noche, con la soledad del hastío. Y no puede volver a convertirse en aire, en algas de cielo, en torrente de mar, no puede volver a ser lo que era, porque no se puede volver a ser lo que alguna vez se pronosticó ser, pero jamás se fue, no se puede vivir de la idea de vivir – aunque exista una idea de lo que la vida es o debería ser.

Vivir es ser vivido por los golpes, las caricias, helarse hasta los huesos bajo la lluvia esperando cartas que nunca llegan, mojarse los pies en una palangana y sentir que la sal cura nuestras heridas y en esa curación sufrimos. ¡Vivir es entonces sufrir, compañeros! Mas, ¿qué es sufrir sino saber que se está vivo? ¿Qué es, sino el recuerdo – cotidiano – de que nuestra piel no está muerta, que nuestros ojos están abiertos y que el corazón aún bombea esperanzas?

Las llamas ascienden hasta el picaporte y las manos frías del otoño no se animan a abrir la puerta. Del otro lado, hay una persona, sentada en un diván, dibujando lágrimas con sus ojos. De este lado, hay dos manos, un papel y un lápiz con el que pinta una tarde gris. El agua sigue cayendo y las manos no logran conciliar fuerzas con las lágrimas, ni unas ni otras quieren sostenerse en medio del derrame de sus epopeyas, en medio de su vida. Están frente a frente y no se ven, se quieren acercar y no se ven, quieren agolparse en el rostro inexcusable de su contraparte y no se ven, quieren ver y no se sienten, quieren vivir y ya no sufren. Desearían ser el peor deseo cumplido, para poder volver a ser deseo y no cumplirse jamás, para permanecer así, hasta el fin de los tiempos, agarrados de una soga atada, en un extremo, a una mano y, en el otro extremo, a la otra.

G.-

domingo, 12 de agosto de 2012

Una historia de placer – Parte I


Es una historia sobre el cuerpo y la posesión. No una posesión de tipo religiosa, sino una posesión más bien de tipo, ¿cómo decirlo?... física.

Es la idea propia de hacer propia la carnalidad del otro, de esa persona que tengo delante de mí o junto a mí.

Es la capacidad asombrosa de domesticar nuestros instintos y hacer que exploten dentro de nosotros, como si fueran dos bombas de estruendo que no aguantan la adrenalina de una mirada fugaz.

Son los labios tersos de una mujer bella, arropada en su cama, llamando al encuentro a quien a su lado la observa.

Es el movimiento - delicado - el sus manos y sus ojos y de todo lo que en ella es bello, es decir, es el movimiento completo de su cuerpo y su mirada, frente a frente.

¿Querés que siga?...

Pero a la vez, son las manos de un hombre, contemplativo y contenedor - posesivo por demás - , las que hacen de esa carnalidad arrojada a su existencia sobre una cama desprovista de cuidados, una excursión asombrosa hacia lo más hondo del ser.

Son la encarnación de la idealidad, de la idea de que es posible el placer.

Y no es un placer pasivo. No es aquel placer chato que uno toma del exterior con la simple observación. Este es el placer empírico, para el cual no hay palabras que puedan describir cosa semejante alguna.

Y es el desliz de esas manos sobre el cuerpo indefenso de esa mujer, lo que hace que el deseo sea deseo, que la encarnación de placer haga desastres con la contemplación, que la rompa por completo y que permita a ambos acercarse mutuamente.

G.-

martes, 10 de julio de 2012

Gonzalo - Parte II


Como les decía, era las veinte y veinte, ¿no? Bueno, a esa hora llegó el subte, dirección Los Incas – es decir, era mi hora de huída de la metrópolis, mi hora de regreso a los suburbios llenos de historia viviente. Iba vacío, lo que se dice vacío, pudimos viajar todos sentados hasta el final. No tuvo nada de distintivo el viaje, a menos que avanzar con la lectura de un libro (por el hecho de continuar leyéndolo) puede ser un hecho digno de mención. Pero, no. Llegamos a la estación Malabia – O. Pugliese, la gente se bajó, y otras gentes nos quedamos aún un par de estaciones más. Pero, aquí viene el quid de la cuestión. Apareció un hombre, de estatura promedio, cursando unos treinta y tantos años, poco robusto, con sus pantalones color beige setentoide – y su particular agujero en su lado izquierdo – y su pulóver bordó, también muy de época. De mirada rapaz y con sus auriculares puestos (vaya uno a saber lo que escuchaba), llevaba el boleto del subte hacia su boca, lo ponía horizontalmente sobre su labio superior y a ritmo libre indicaba con su altisonante voz, lo que parecía ser un llamado de auxilio, al nombre de Gonzalo.

Lo dijo una vez, y pareció que entonaba con ganas lo que escuchaba. Lo dijo otra vez y algunos interesados levantaron sus ojos. Ya a la tercera, era vox populi nocturno del primer vagón de la formación. Muchos nos quedamos mirándolo, intentando descifrar qué nos quería decir, qué buscaba dentro sí.

Ese grito de auxilio que parecía demostrar la insatisfacción que tenía consigo mismo y la necesidad de encontrar en sí, lo que no podía buscar fuera (ya era claro que mucha gente, por demás incómoda, lo único que pensaba era en expedir a ese sujeto del vagón, sin siquiera reparar en lo que le sucedía). “¡Gonzalo! ¡Gonzalo!”. Y a veces ni siquiera se podía saber bien si decía eso o pronunciaba ordenadamente una serie de vocales que a los oídos desprovistos de imaginación nos parecían indicar ese nombre. A todo esto, el viejo de campera azul y su esposa de lentes, cargando con su nieto de cuatro o quizás cinco años, responde una pregunta desoladora del niño:

-          ¿Por qué hace eso?
-          Está loco.

Tajante y en voz baja – como bien se espera que actúe un metropolitano – el señor, que seguramente venía del Shopping del Abasto (porque subió en Carlos Gardel), respondió. Seco, frío, distante. Lo miré. Me evitó. Volví con Gonzalo, que seguía yendo y viniendo por el vagón, gritando a viva voz su nombre, su inquietud. Si Hegel hubiese estado allí y si hubiese podido discutir en es mismo vagón con Freud, ambos concluirían en que ese sujeto estaba despertando y llevando fuera de sí a su propia negatividad reprimida, por el único afluente capaz de hacerlo: la palabra. Estudiando al viejo, Marx diría que no ha comprendido la lucha de clases y que, discutiendo con Gramsci, lo que expresaba no era más que la ideología de la clase dominante, oh, sí. Sin embargo, no había ninguno de ellos allí; sólo estábamos nosotros y nuestra propia inquietud. Y si fuera poco, el niño se río, otros adultos también se rieron e incluso, ya en Lacroze, otros siguieron comentando el caso. 

Gonzalo se bajó en Lacroze. No sabemos a dónde fue, ni dónde se quedó. Pero ya habiendo bajado de la formación, seguía gritando su nombre. Buscaba paz. O tal vez un símbolo de paz de parte de todos los que allí estábamos. 

Tal vez, no inquietaban los gritos de “¡Gonzalo!”, sino más bien, la idea de que existe la posibilidad – latente – de ser nosotros quienes necesitamos pedir auxilio, y preferimos callar, antes que pedir una mano cercana...

G.-

domingo, 8 de julio de 2012

Gonzalo - Parte I

El reloj marca las veinte horas con veinte minutos. Es un horario cerrado, de un sábado por la noche. Es raro, porque ese tiempo parece el preludio de un apocalipsis o un holocausto: es una parcela de la tierra de lo temporal, sustraída del conteo, donde el silencio y el viento corruptor de almas se hace presente, con intensidad. Los adolescentes salen a bailar, a tomar algo en los bares, a despejarse de la vida cotidiana. Los adultos – ya envejecidos a partir de los treinta años – vuelven a su casa del trabajo, u organizan alguna cena con sus amigos de la secundaria. 

A esa hora – maldita –, por la Avenida Corrientes se puede observar el grueso de gente que transita la ciudad. Los teatros. De una punta a otra de esa calle – que se dirige al “bajo”, centro idolatrado de la metrópolis – se encuentran esos refugios (algunos dirán “antros”) del arte.  Arte burgués, sí. Es irrevocable la sentencia. Aún así el tema de la obra sea la lucha de clases, el arte teatral de la avenida Corrientes es de los caratulados como comercial, ergo, burgués. 

Esta definición que para muchos será escatológica e incluso apresurada, sólo sirve para darme el pie para lo siguiente, para nuestra verdadera cita de esta noche.

Viniendo por Uruguay, desde Talcahuano y Avenida Córdoba, uno se cruza con varios hechos más que apreciables (unos por lo sorprendente y mágico, otros simplemente por lo moderno): la estación del Subte B, la escultura de Olmedo y Portales, la gente (como si fuera poco) que deambula por allí constantemente y en la esquina de enfrente, una sucursal del Banco Ciudad.

Vamos por partes. Uno llega al lugar, y cree encontrarse en el centro exacto – si no fuera porque a dos cuadras hacia la izquierda se ubica el monumental Obelisco, empotrado en el medio de la 9 de Julio, centro de la película Pizza, birra y faso (de hecho, muy recomendable).  Se encienden las luces por doquier (aunque no muchas de neón, porque ya no parecen ser los psicodélicos 80 pre-posmodernos o los apocalípticos 90 posmodernos), la gente se choca, se empuja, se insulta por lo bajo y ninguna es capaz de esgrimir la más sincera sonrisa. Del Banco, no hay mucho que decir. Está ahí, como siempre (¡mentiras!) lo estuvo, aunque bien sabemos que algún día (hagamos que así sea) deje de estar y allí sea emplazada una biblioteca, una escuela, un teatro, o sean plantadas flores.

Por otra parte, la escultura de Portales – Olmedo trae a la memoria de los porteños y no porteños, esa entrañable sensación de poder sonreír en medio del tumulto y de una época de oscuros porvenires, en la que lo único que está garantizado es la inseguridad del futuro, la inestabilidad humana – sí, humana – del presente y las voces del “ya no se puede”, “ es mejor así y no seguir intentándolo”, “son todos iguales” o – la más rutilante – “estos mediocres e hipócritas deberían dejar de existir”, tal como si uno mismo pudiera huir de todo eso y ocultarse en la Torre de Marfil. En este punto, la escultura trae a la memoria de los presentes el recuerdo de nuestra manía de ser siempre los mismos, cuando pensamos que estamos siendo diferentes al resto, como si esto pudiera garantizar algún tipo de provecho. Ojo, no estoy azotando a nuestra querida originalidad, pero hay muchos cuerdos dando vueltas por ahí que se acusan a sí mismos por no poder volar a través del acoso de sus pares. Mientras más manos se unan, menos fuerte será la caída y más fácil será levantarse.

Por último, el Subte. Esa colosal obra de ingeniería a la cual nos subimos todos los santos y demoníacos días para trabajar, estudiar, salir, entrar, hacer el amor, buscar y perder el amor, no encontrar nada o escuchar a varios cuerdos dando vueltas por ahí, sin saber qué hacer, a dónde ir, qué fingir, qué vivir. La vida estancada en mitad del tiempo, sometida a los compases del reloj, al pulso – ¡embrujado! – de la melancolía de las horas. En el subte encontrás todo eso, y más.

G.-

martes, 8 de mayo de 2012

Optimismo


“Si estas cosas existen, si es que están/ golpeándote y pegando a tu sordera,/ ¿quizás te calles o te vayas o/ te dediques al sueño, a la morfina,/ quizás te vayas, sí, o tomes vino/ sobre el estaño, cálido de codos,/ posiblemente existas de ese modo,/ pálido, flaco, tropezándote/ a cada rato con tu pantalón/ y tu camisa, rota de ilusiones,/ y tu ilusión, rota de camisas?”, Sin título, Juan Gelman, en “Violín y otras cuestiones”.

La pasividad nos aterra. El morbo de la austeridad se vuelve trunco en medio de la batahola cosmopolita que llamamos realidad. Los sueños se vuelven fríos recuerdos del presente duro, pesado, estresante, de concreto gris. 

Y sin embargo, una de las primeras impresiones es que no podemos actuar de a poco. Todo se abalanza sobre nosotros, como una marea de lodo, viajando cuesta abajo por la montaña, arrasando con todo a su paso. Y lo único que queda es un sueño, una ilusión, una inquietud, un laúd. 


Es siempre el mismo acto. Siempre el mismo corte. Punto y aparte. Aparte los puntos, Capitán, que a mi guitarra se le han quebrado las teclas. Y uno nunca sabe ni cuándo comienza, ni cuándo termina; desespero en la escucha infinita del recuerdo del olvido. Cabizbajos y andrajosos, correteamos por ahí, como si fuera un dulce retorno a la infancia, sin traumas ni remordimientos, sin brújulas ni direcciones, sin ejemplos ni necesidades, sin amores y sin odios, dotados de esa ternura universal que puede quebrar huesos y gárgolas.
La celeridad se nos aparenta cada vez más lenta, y sin embargo el retraso del atardecer solo avecina el día que ya pasó y no nos dimos cuenta.

Y es siempre la misma idea. El mismo concepto. El constant concept. Pero no es. Es y no es, como el canto del gorrión y el aullido del lobo, como los puños en alto y las cabezas en los libros, como sobredosis y falta de insumos. Es la misma cosa, sí, eso es, cosa. Es un objeto capaz de ser aprehendido, como el moho de las frutas trasnochadas por los insectos.

Esa cosa es una vida. Digo bien, una vida; no es la vida. En apariencia sólo confundo los términos, y en términos simples confundo las cosas, como la vida. ¡Ahí está! La vida se confunde conmigo. No, tampoco.

En fin, la muchacha volvió a su casa y encontró a esas cosas que no existen: estaban esos héroes masculinos que no existen, esos de porcelana que pretenden adiestrar a quienes no son ni serán su objeto sexual y que se caen a la primera de recuerdos de infancias truncas, con regalos equívocos y cariños desatentos. Esa muchacha encontró su cosa. Y la cosa se consumió a la muchacha; ahora ella era la cosa.

G.-

lunes, 27 de febrero de 2012

Manuscrito de hojarasca


“Si componemos versos / tensos y desolados / el dolor es de nuevo / una suerte de escolta”. Mario Benedetti, Tristeza, Defensa Propia.
Qué difícil es decir lo que uno piensa, sin dejar de ser uno mismo, sin dejar que los testigos del acto nos acusen de ataques de confusión. Qué difícil es tejer las palabras correctas, para saber que al final, el destinatario se opone a ellas.
Se escriben sentencias sin juicio previo y el juez del caso no es más que nuestra propia consciencia. Sea por la divina gracia del malestar en la cultura, o no, la razón por la cual aprendemos a despotricar basura encapsulada contra el mundo, no es más que la misma por la cual hablamos contra el espejo, mientras nos reflejamos en él y vemos a simple vista qué es todo eso que en nuestra imagen déspota vemos, todo lo que en ella odiamos.
La noche está teñida de azul oscuro. Las nubes aparecen y desaparecen en medio de ese mar inmaculado, efímero, universal y mi alma sale disparada hacia la nada, como si todo lo que supe construir se supiera transformable y saliera rodando por la borda de este naufragio.
No hay arrepentimientos. No hay resentimientos. No hay rencores. Por momentos, parece solo desidia. Pero, mirando más hondamente, entendemos que es tristeza. Ni siquiera del tipo palpable. No, no, no. Es esa cosa que no podemos ni tocar ni clasificar, pero que la sentís en medio del pecho, justo a la derecha del bombeador sanguíneo, justo debajo de la garganta, justo en el centro de nuestra estabilidad.
El reloj parpadea, segundo a segundo, y la sabia de mi árbol se diseca bajo el sol. Las nubes grises cuentan las agujas quebradas por el llanto de todas las mañanas antes de la salida del sol. Los libros se agolpan en la repisa y llaman a gritos para que sus páginas sean abiertas nuevamente y para que sus letras disparen destellos de duda hacia el horizonte.
La tristeza sólo golpea cuando más se la extraña, cuando más se la ha dejado de lado. En estos momentos, sus caricias son frías y hasta rasposas. Pero es innegable que aún sigue aquí y es la compañía más flagrante que ha sabido concebir mi vida.
Como si saliera desde un hondo pozo a ver la luz de la luna por las noches frescas del verano de la Cruz del Sur, vuelvo a sumergirme en él, altercado refugio de melancolías y lástimas secretas.

G.-

domingo, 19 de febrero de 2012

Integridad vacía



Me carcome por dentro la realidad, tan pálida - como siempre - , de no estar juntos, de no sentir tu tibio rostro en mi espalda o el pulso de tus manos en mis manos. Me acosa el recuerdo de mi muerte en tus recuerdos, me acosa el deseo de significar algo en el vacío de mi ausencia en medio de tu vasta consciencia.
Me cubre de frío, el viento polar de las miradas rapaces y fugaces. Veo en nuestros encuentros esa furtiva desviación de los instintos, tal como si los dos pretendiéramos ocultarnos el uno del otro, protegernos de la inevitable posibilidad de caer juntos en el lecho erótico.
Siento el último beso frío que jamás existió por primera vez, cada vez que el agua helada de la ducha matinal invade mi cuerpo y lo hace estallar en memorándums innecesarios. Ese palpitar que despierta la melancolía teñida de azul, en las tardes soleadas de veranos teatrales, no ha sucumbido, aún, a mis plegarias de muchacho pagano.
Esa injusticia cotidiana de querer evitar verte para no mirarme en el reflejo de tus ojos otoñales, y no aceptar a duras penas, que todo no está perdido, que aún hay un esbozo posible. Esa injusticia cotidiana de sonreírle a la vida, cuando ésta te propina los más duros golpes. Admiro tu altanería de porcelana; tan bella y frágil es.
La confusión está llena de esperanza, de esa esperanza que cuesta perder y parece cada vez más fuerte e infranqueable. Me aferro a la vida y mi pasión, para salir ileso de protección, para salir teñido de posible dolor, pero más aún, para hacer frente a nuestro encuentro indiscutido, a la hora en la que el telón de la noche cae sobre el crepúsculo y los cantos de ave dejan de oírse.

G.-

jueves, 2 de febrero de 2012

Exilio

La calle estaba fría y los adoquines de la vereda desprendían una niebla brumosa desde su sólido semblante de concreto.

Los árboles miraban a un cielo desgarrado por el paso de esos espesos algodones que todo lo cubren y que tanta agua hacen caer sobre el suelo mojado. Sentía un poco de frío en la nuca, pero nada raro para ser una noche de invierno revestida de melancolía.

Solía caminar un ida y vuelta nocturno, justo antes de acostarme, tan solo para despejar la cabeza y asegurarme un sueño largo y profundo (aunque nunca terminara siendo lo largo y profundo que una deseara, por más somníferos que tomara). Siempre hacía el mismo camino, por esas calles anchas, llenas de árboles frondosos, esbeltos y de ruda corteza. Y, como era costumbre, estaba solo. Ningún alma se dignaba a salir a esa hora de la noche, excepto yo, claro. El viento golpeaba fuerte en la cara y remordía la conciencia como si fuera el último hálito de existencia, por lo que las vetustas señoras del barrio no querían saber nada y los jóvenes andaban tranzando promesas falsas o deleitándose con la novedad televisiva.

Me agradaba el olor a tierra mojada producido por el rocío nocturno, como así también el olor a café recién hecho que salía por alguna ventilación de las casas en donde aún existía aquello que los dones de arrugas acostumbraban llamar “sobremesa”. La cosa era que no había nadie afuera y el frío rompía almas y cuerpos. Eso era lo bello.

Al pasar por la estación de tren, siempre se podía ver o a un viejo mendigo amigo de todos y compañero de nadie, con su cara triste y decaída, pero con la esperanza siempre latente de que de alguna formación baje algún ángel que lo ayude a seguir andando, o así también a alguna de las tantas parejas que día y noche danzaban por ahí; siempre sumidas en el fragor de la lucha por no abandonar el temor a estar solos o indemnes al dolor. De todas maneras, siempre había alguien con quien charlar.

Me sentaba entre diez y quince minutos en uno de los bancos del andén y me ponía a pensar en el quebracho tirado sobre la vía o el metal trabajado en la fábrica. Pensaba en la dureza de la vida, como así también en la del avejentado asiento sobre el que estaba apoyado mi cuerpo. Pensaba en el clamor de la bocina del tren, que te quema los tímpanos cada vez que se acerca a la estación. Pensaba en si había algún otro ínfimo ser como yo, que pensara en la noche y las letras, los poemas y la armonía, los cuentos viejos y las vías del tren, los bancos de iglesia y los mendigos nocturnos. Todo parecía tan raramente natural, que me había acostumbrado a aceptarlo de lleno, sin más. Mi renuncia indeclinable al hastío de la costumbre, se había vuelto ley.

Sin embargo, esa noche, en la que había salido a caminar como tantas otras, una vez que llegué a la estación, no había ni mendigo, ni rieles, ni parejas, ni quebrachos, ni bancos. Estábamos mi existencia y yo – algo más bien lamentable que solemne – parados en medio de la nada. Con mis manos dibujé un banco, en el que me senté, y con mis ojos busqué crudamente su existencia. Pasó a mi lado como periódico matutino, aunque se detuvo tres pasos más adelante. Volteó hacia mí, me miró con preocupación, sonrió – con esa sonrisa que hace sucumbir toda dureza – y siguió camino.

Desde ese momento, al mirarnos fijamente, supimos que no nos volveríamos a ver, jamás.

G.-

domingo, 29 de enero de 2012

A solas con mi noche – II –


Me vino a la mente
el recuerdo de tu vejamen
como un estrepitoso manjar de melancolía,
como tierra árida
y derruida.

El bosquejo de tus labios
ha roto – otrora tiempo pagano –
los versos de mis hojas,
los destellos de nuestro desenfreno.

Ya no suspiro por las lágrimas caídas,
ahora
dibujo manchas en la pared
después
sólo queda el parquet marcado.

La cama está soltera
el cielo nocturno
nublado
tu semblante esparce olvido.

Los libros marcados por el recuerdo
lapidario y furtivo del pasado
socavan mi memoria
y la hacen estallar de palabras.

Tu erotismo está desnudo
y no pretendo ser tu abrigo
porque la tempestad ha pasado – indemne –
frente a mí.

En la soledad de la noche
con los barrotes entreabiertos
mi compañía escapa
y vuelvo a sonreír.

G.-

sábado, 14 de enero de 2012

Desposesión angelical

Como las hojas secas del otoño, empañando el verde césped, tus alas han desfallecido y el rubor que tus mejillas supieron amortiguar, hoy dejan entrever las cicatrices que te dejaron impregnadas esas bestiales rocas contra las que chocaste aquella noche de nubarrones grises, en medio del campo, cuando, en pleno vuelo, la realidad osó propinarte la más dulce caricia de muerte, mirándote directo a los ojos.

¡Ah, vetusto ángel de mis mazmorras! ¿Dónde se encuentra tu aura de encarnación divina? ¿Dónde dejaste la belleza de nuestros días caminando por los Jardines Colgantes de Babilonia? ¿Dónde está la estela que supo ser mi sábana en las noches oscuras, bajo las palmeras de un oasis egipcio? ¿Dónde? ¿Dónde?


Las preguntas acosan mi bienestar y ni tu arrogancia, ni mis desganos, ni tampoco la vecina de al lado o el borracho del barrio se animan a darme las respuestas que necesito. Los intervalos entre entierro y entierro cada vez son más estrechos. Las calles están vacías y el vendaval que azota a Cuba, ahora tira al suelo todas las hojas de mi árbol de la eternidad. Las lápidas en los cementerios han desdibujado sus epitafios y los muertos están felices de poder descansar. El agua está tiesa, ¡ah, si tan sólo la pudieras ver, ángel! Ni los niños se sumergen en ella, ni los peces danzan, ni los hombrecitos de sombrero y bote pequeño y de madera se animan a adentrarse en los lagos o los ríos o los mares o los océanos o en los ojos de esa mujer de mirada sagaz y cigarrillo en mano, que acostumbra a sentarse en la primera mesa junto a la ventana del bar de la esquina, en el que resuenan a toda hora y minuto, los versos más tristes del tango. Y esa mujer mira. Arriba. Abajo. En frente. A sus costados. Los mozos quietos, el barman detenido en el cubito de hielo del whisky del acorbatado yuppie. Y ella. Ella mira, pero nadie la puede ver.

¿Qué es lo que dibujan sus ojos de tez caoba, de miel marchita? ¿Cómo es posible que su cigarrillo nunca se apague? Sus dedos de uñas rojas se tambalean sobre la mesa, recorren el borde de su copa de vino, como invitando al gran despliegue de hombres de gris que recorren la calle, en la más plena quietud, a sentarse a su lado y entablar una conversación amena, de aquellas en las que rayuelas, cafés, boquitas pintadas y costumbres de arrabal, conservan la misma tonalidad.

Por fin llegó el día en el que el alicaído muchacho se encontró con la mujer de cabellera negra. Él le comentó que ya no podía volar, que sus alas rotas no hacían más que arrastrase por el suelo y que, a no ser que encontrara una cura, su cuerpo se totalizaría en esa materia gris que estaba invadiendo al resto de las personas. Ella, en cambio, apacible y mensurable como siempre, apoyó su cabeza sobre su mano derecha (con la cual también sostenía su eterno cigarrillo), y sonriendo le dijo al ángel: No temas. ¿Logras ver ese reloj? (señalando la torre partida de la vereda de enfrente) Da las tres AM. Ya me toca irme. Volemos juntos un rato.

Dicho y hecho. Salieron por la puerta del barcito, dieron vuelta a la izquierda y salieron por la calle de los frondosos arboles que adornaban toda la vereda. Sus manos no se juntaron en ningún momento, pero sus ojos estuvieron atentos a los pasos de uno y otro, ininterrumpidamente.

La profecía se había cumplido. El cigarrillo se había apagado. El café se había enfriado. Los mocasines negros de los hombres de gris se habían disecado y los famélicos retratos del pasado se habían convertido en abundante trigo para la cosecha del aquí y ahora.

El alicaído joven recuperó su vigorosidad y la mujer del bar desapareció bajo el cielo estrellado, una de esas noches en las que el otoño golpea fuerte pero sinceramente, haciendo caer una tras otra las hojas secas que alguna vez supieron servir de cubrecama para el césped mojado por el rocío que iba lanzando el ángel tras su paso por la estepa.

G.-

sábado, 7 de enero de 2012

A solas con mi noche – I –



Llueve
y el cielo está claro,
relampaguea
y el silencio invade la llanura.

Las cortinas todas
desparramadas por el suelo / limpio
el bosque del patio
el terreno despellejado.
Con mis alas cortadas
y la noche de estrellas
el viento sopla fuerte
hace crujir las hojas.

Un ermitaño suspira
por las voces del pasado
que lo aquejan
y le exigen perdón.

Un mar de titanes
se dibuja en la pared
la pintura salta / englobada
y la calle respira parquet.

A solas con mi noche
el búho llama a la puerta
los fantasmas se esconden
bajo las baldosas.

El mal augurio
de mi presente
avecina
futuros prósperos.

G.-