jueves, 23 de marzo de 2017

Quebrado

(Instrucciones de lectura: reproducir el tema que se comparte más abajo,
para que juntos compartamos la osadía
de vernos las caras ningún día,
todos los días de la vida).


De pibe creía que uno estaba condenado a repetirse incansablemente. Suponía - más o menos erradamente - que nuestra vida pendía de un hilo, como esos con los que las moiras entretejían el todo, plácidamente sentadas en medio de la nada. A veces me costaba creer que la vida soñada fuera para pocos, que no eran ni los míos ni los otros, sino "algunos" que allá a lo lejos se iban de vacaciones o acá a lo cerca se ufanaban de algún chiche nuevo. Qué triste, ¿no? Bueno, a decir verdad, no lo fue tanto. 

A veces me siento en el balcón, sólo, y miro el cielo, miro el Hospital a lo lejos, veo pasar unos gorriones o palomas o lo que sea revoloteando cerca de mi sien, anclándose en un hueco de la medianera que da con un auditorio. Me tomo unos mates, sea verano o invierno, sea que esté dormido o despierto, sea que estoy o me voy, sea que me refugio en mi soledad o sea que huyo de mi verdad. La vista que tengo desde esta altura no puede ser más que reconfortante. De hecho, es una vista muy agradable.

De pibe creía que vivir en las alturas tenía su gracia. Ver las casitas desde lo alto, sentir que los pájaros son más humanos o los humanos más animales, escuchar los sonidos de la gran ciudad bajo el ventanal, ver una columna de humo que se eleva en vuelo triunfal y asimismo escuchar la sirena de los bomberos que se va desafinando conforme se va alejando. Creía que, como todas las otras cosas que hacen a la vida, representaba un deseo privado de mí, o un yo privado de desear aquello que solo podía anhelar como lejano, como imposible, como irrealizable.

¿Alguna vez sentitste que el cuerpo se te escapa del alma? No, esperá. Era al revés: ¿Alguna vez sentiste que el alma se te escapaba del cuerpo? No hablo de viajes astrales. Hablo de tu recuerdo de un pasado mejor anclado en el presente, aún a riesgo de saber que no todo pasado por pasado fue mejor, y que incluso hoy, en este manojo de inquietudes, inseguridad, desvelos y desasosiegos, aún vale la pena. Aún valemos la pena. Aún valgo la pena. En medio de esta sempiterna modestia de bajar desde el colectivo hasta el individuo, o desde el bondi hasta la puerta de mi casa. Siempre se convierte en un trance interminable, justamente, porque es un trance... Y en medio del devenir soy fuego, me deshago de mi nostalgia y cabalgo fuerte y sin reparos hacia el abismo de lo desconocido, esperando encontrarte ahí, sosteniendo un deseo en una mano y tomándome de un brazo con la otra, sólo para empujarme hacia adelante y caminar junto a vos.

Como dos gotas de agua que se deshacen en el hastío del existir sin remedio, yo espero verte cruzar el umbral y que me digas que aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Incluso en ese momento en el que te quedás colgado de la tarde, viendo cómo el sol se esconde tras los árboles y edificios que a lo lejos parecen más arrogantes que los destellos de luz que de a poco dibujan toda clase de colores por entre las nubes, y que duran solo un instante, y que se caen desde el cielo hasta golpear los techos donde ladran los perros y los gatos se pelean y se me piantan varios lagrimones creyendo que lo hermoso de esta vida aún está ahí afuera, donde el sol hace su gracia, donde los presagios se vuelven hipótesis de cualquier entierro prematuro y en donde todavía es posible que todo aquello que deseamos se deshaga - irremediablemente - entre nuestras manos, como los copos de ceniza que las bombas o los volcanes arrojan sobre nuestras cabezas, como la escarcha en pleno invierno se derrumba bajo nuestros pies o como la arena que pasa de un extremo al otro en un reloj.




G.-

domingo, 12 de marzo de 2017

Barro, tal vez...

Me baño tres o cuatro veces al día. La humedad se me pega al cuerpo como el viento cálido se cuela por entre los escaparates de los edificios. De día veo sombras en el balcón, de esas que me acompañan hasta la cama por la noche. No puedo dejar de pensar que todo este desastre organizado que veo por la ventana no tiene sentido alguno más que el de huir. Nos encerramos para huir del encierro, suponiendo que es liberador y sin embargo, no.

La puerta de la cocina rechina sin cesar, a menos que la cierre completamente o que el viento amaine. Las cortinas del ventanal no llegan al piso y dejan que la luz – inapagable de cualquier forma – se meta por debajo y me haga recordar que en la ciudad no se duerme a ninguna hora. Un perro ladra a la distancia, un par de gatos se entreveran en una dura pelea sobre algún techo lindante. Si no fuera por eso, la paz enmudecida que azota este lugar, en este preciso momento, como en tantos otros, es inescrutable. Este silencio que roza lo sacro tiene un grado de inaccesibilidad tal que puede provocar estupor en quien lo perciba.

Vacío. Lo percibo apoyado sobre la baranda del balcón. Vacío inconmensurable que se ve a la distancia. Que está ahí, intercalado con árboles, casas y edificios, atravesado por el ruido de sirenas y bocinas – a toda hora – o por el susurro inquietante de algún par de neumáticos frenando estrepitosamente sobre el asfalto caliente. Aunque a veces también se llega a escuchar el impacto. Desde las alturas se ve todo tan estático, tan inerte. Así sí tiene sentido aquella idea liberal posmoderna de la naturalización del espacio circundante: si nacemos y morimos entre estas cuatro paredes imaginarias que forjamos a lo largo de toda nuestra vida, ¿cómo no nos vamos a creer el verso del tiempo fragmentado en instantes presentes? ¿Cómo no vamos a creer que esto fue, es y será así, siempre, sin más?


Imagen: Sín titulo, de Andre Kertesz


Vivimos un estado de coma permanente, no en el sentido lato y trillado de aquellos que se creen vanguardia y sólo son furgón de cola, sino más bien en el sentido de pausa, de respiro, de aquel espacio mudo – invisible – en el desarrollo de una idea que se frena para dar paso a una mejor comprensión de la misma. Una coma, como la de una oración, como la de un susurro nocturno a la hora del encierro, en el que dos cuerpos desnudos se entrelazan hacia el desenlace cósmico propio de cualquier avatar surrealista, momento en el cual los gritos, la euforia, el desvelo, las caricias, los desencuentros se vuelven parte de la atiborrada sarta de ideas sin sentido que, como relámpago inasible, se me cruzan por la cabeza. Y niego. Y afirmo. Y te veo. Y me desnudo. Te desnudás. Mirando. Siempre mirando. Porque en el mirar se interpela mucho más que en el propio ser, porque el Mirar es el Estar, es el Ser, es el Amor y es el Dolor, Es.

Mas, si fuera posible que de alguna manera, en algún tiempo y en algún lugar, todo se volviera calmo de repente, como el devenir incesante de las olas que rompen contra la costa por la noche, cuando se llaman a estridente silencio una vez que se han estrellado contra la arena, entonces, sólo entonces, podría afirmar sin temor a equivocarme que todo lo que ves es lo que hay. Somos barro.


G.-

lunes, 2 de enero de 2017

Atravesar la fantasía

No sé sobre qué escribir. No tengo en claro qué es lo que quiero decir. Tan solo puedo arrojar un manojo de palabras que construyen algo, que dicen - gritan - algo. Ese "algo", sinceramente, no sé qué es. A veces me animo a pensar que es una suerte de "contenido" que lo es todo y nada a la vez. No voy a dar vueltas, tranqui. Es algo conciso y directo. Bah, eso creo.

Una vez un profesor me dijo que el problema no es que sepa o no la técnica o cómo tocar tal o cual cosa en el piano, sino que el problema está cuando se nos pone una hoja en blanco delante y es uno el que tiene que hacer trabajar las manos junto con la cabeza y el corazón para que de esa suma de figuras y líneas brote "algo" que conmueva. Que te conmueva a vos, a mí, a aquel, ese que está en la esquina parado sin más o el viejo que se sienta bajo el árbol, mate en mano y ojos teñidos de cansancio al frente, todas las tardes, en alguna calle perdida de Palomar.

Ese "algo" indescifrable se muestra sin dejarse ver. Es decir, para andar sin rodeos: se muestra como "algo" que está ahí y sin embargo no puedo ver qué carajo es. Y sin embargo ahora no me parece aleatoria la analogía con el "algo" que componer en la hoja en blanco. Tal como si la vida misma fuera una hoja en blanco sobre la cual escribimos, dibujamos, pintamos, silbamos, mientras pensamos qué hacer. Aunque, seamos sinceros, la mayoría de las veces son garabatos, gestos inacabados, nos quedamos inconformes. Bueno, a mí me pasa, qué se yo...

Ahora bien, ¿por qué no le ponemos nombre? (y acá percibo que las catárticas sesiones de terapia "algo" me han influenciado). Digamos que este "algo", al menos para salir del paso, tiene nombre de animal: Tiburón. ¿Por qué Tiburón? Porque son el ejemplo perfecto para el "'algo' que se muestra pero no se deja ver". Hay tiburones de superficie, el que está al acecho y le ves la aleta y casi que sentís el crujir frío de sus tres líneas de dientes contra tu cuello; y los hay de profundidad, como los submarinos, como un kraken o un leviatán, están por ahí, no los ves, no los percibís, pero sentís que hay un "algo" que llena toda la impermeable oscuridad que del mar hace su refugio, ya de día, ya de noche.

Tal vez me ponga a divagar mucho, pero acá se pone interesante la cosa: lo paradójico del ejemplo es que, si sigo la línea de la hoja en blanco en tanto que "algo" por hacer en ella, el Tiburón es una obra propia, que así como la creé, la puedo deshacer. Ese "algo", ese "contenido", ese "Tiburón", está ahí, constantemente, porque está al acecho, impertérrito como guardia suizo, frente a frente como los dos gallos, uno rojo y el otro negro. Es una imagen de por sí terrorífica, mas no mortífera. Basta con que esté flotando en medio del agua cristalina de cualquier playa caribeña para que su mera presencia en la ausencia del infinito mar sea atemorizante. ¿Y esto por qué? Porque es un "algo" que viene a completar una "nada". Falta envido y resto. Falta.

La ausencia siempre es más visible cuando se hace presente (qué tremenda como triste paradoja, ¿no?). Y lo es más aún cuando ese espacio vacío que percibimos no ya fuera o alrededor nuestro, sino en nosotros mismos, como parte constitutiva de nuestro ser, es cubierto con un "algo", en este caso, Tiburón. Demasiadas atribuciones para una bestia que actúa por instinto y no por razón (¿cómo podría ser de otra manera, no?), que ataca sin saber porqué, que ataca cuando se siente amenazado o cuando percibe sangre en el agua. Y sino, deambula por ahí, sin pegar un ojo para no hundirse hasta el fondo abismal del océano y perecer por inanición y asfixia.

Para salir del agua y buscar otras formas de saber que no hay vacíos ni ausencias, sino solo ansias de ser, es necesario atravesar la fantasía del "algo" al que le pusimos nombre (o aún no, depende cómo venga la mano), pasar a algo distinto y que en vez de angustiarnos nos haga sentir enteros, decididos y llenos de sentido. No le demos tregua al vacío y logremos que lo que hagamos tenga sentido: es mejor actuar como los humanos que somos y no como el tiburón que sin sentido alguno (más que el de su animalidad) hace de sus días pura agresividad.

Buenas noches.

G.-

viernes, 16 de septiembre de 2016

Incondicional

Podría tocarte como toco la luna,
podría tocarte como toco las noches,
podría tocarte como toco la cima
aquellos días en los que la quietud camina.

Podría devolverte la vida,
podría arrancarte las vestiduras
de solo mirarte,
de solo decirte,
de solo musicarte.

Podría vivir y vivirte,
encontrar y desencontrarte,
nacer y morir,
como el alba a la noche difumina.

Y sin embargo,
anochece y tu tez blanquecina
se zambulle en el regazo de la noche,
como el zorzal canta a la vida.

La única condición posible
es la no-condición,
porque en todo lo condicionado
esta tu sonrisa irredenta para derribarlo.



G.-


sábado, 16 de julio de 2016

A solas con mi noche - III -

¿De qué va la angustia
si no hay nada por lo qué angustiarse?
¿De qué va dejar de ser yo
cuando lo que importa es no dejar de serlo?
¿Cuántos anocheceres negros bastan
para encauzar las ideas que a marea alta penetran?

Todos los relojes se detienen a la misma hora,
en el mismo momento,
en el mismo incienso,
en la misma tez velada de pasión.

Todas las deshoras del día
se convierten en paredes
mortíferas paredes,
donde solo el sol penetra.

¿Cómo logro llegar hasta tu antepenúltimo recuerdo,
sólo para pensar que no existe,
sólo para sentir que no vuela,
sólo para imaginar que no camina,
el de los ángeles alicaídos que el crepitar de las hojas dilucida?

Siempre amanece del mismo lado,
siempre me recuesto sobre el mismo piso helado,
siempre hago a un lado los tugurios de la mala memoria,
siempre busco respuestas donde no había preguntas.

¿Cómo enajenarse uno
y serse propio,
convirtiendo en invulnerable
todos los momentos del proscenio?

La vida es un pedazo de papel crepé,
no hay vuelta que darle 
y yo sigo buscando un poco de luz, 
ahí donde todas las oscuridades caben.



Imagen: Brassai


G.-


domingo, 12 de junio de 2016

Cómo

Cómo se deshilacha la vida
a medida que el tiempo se vuelve escarcha
y tu rostro almibarado
golpea la vitrina de los recuerdos.

Cómo pasan las horas entre velos y desvelos,
cómo se desvanece la arena entre mis manos,
cómo veo pasar las nubes etéreas entre las sábanas,
cómo.

¿A qué hora amanece,
cuándo, cómo, dónde, por qué,
si la vida es un crisol de esperanzas,
la experiencia nos juega malos recuerdos?

Cómo veo pasar el rio manso,
transitando toda su tempestad,
haciendo de su transparencia mi salvedad,
recordando y acuñando cada desgarro.

El fin de los tiempos nos encuentra solos,
los pisos por encima y por debajo se aplacan,
los relojes marcan la hora del entierro
y siempre quiero creer que aún es enero.

No bastan todos los otoños de este cielo
para sofocar las lágrimas de los bemoles quebrados
por la amargura de sabernos enteros
y desgarrados del mismo lado.

G.-

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Los amantes

Como ciegos se abordan,
se desbordan,
se besan desenfrenadamente
como si de las deshoras del tiempo
no hubiera más que el rubí de sus ojos
o lo opaco de su pelo.

Entre desasosiegos y melancolías,
entre la estela blanquecina del mar a horas del día,
entre manos desatadas y furias enardecidas
crepitan las hojas del ocaso de la desidia,
mi amor hecho trizas.

La tristeza resquebraja el alma
como la iniciativa aviva el fuego,
lo deja seco de tugurios
y abre agujeros en el suelo,
tal como abre las heridas
a la hora del entierro.

Los amantes se aman y desarman,
se animalizan y humanizan,
se hacen eco y se hacen dicha,
como las olas se hacen bruma
al momento de la cresta siendo orilla.



G.-

sábado, 5 de diciembre de 2015

Caos

Las remeras y pantalones en los cajones del modular, las camisas en las perchas del ropero, las partituras sobre el atril del piano o en cuadernos apilados sobre un escritorio, las sillas pegadas a la mesa, las sábanas tirantes en la cama, las ventanas dotadas de una transparencia nítida, la comida en la heladera, el mate sobre la mesa y los libros puestos uno junto al otro, formando una línea recta.

Habitualmente, se dice que la coherencia en una persona se ve cuando a lo largo de un tiempo prudencial sus ideas y acciones se condicen mutuamente, tienen asidero en la realidad y le permiten llevar a cabo aquello que proyecta. La cohesión (es decir, la coherencia interna) de una persona vendría dada entonces por equilibrar su ser, parecer y estar. Es decir, coherente consigo mismo sería aquel que puede ordenar los distintos niveles de su personalidad, de tal manera que uno no se sobreponga al otro y pueda de esta manera desenvolverse con soltura y con un "programa" propuesto.

Todo parece estar en su justo sitio, en el momento indicado. Ya no hay lugar para dudas, no hay momentos de titubeo, no hay necesidad del cuestionamiento y menos aún de la pregunta real, concreta, asequible. ¿Cómo hacemos entonces para seguir cuestionándonos, aún cuando cuestionarnos significa deconstruirnos, desarmarnos, desproveernos de defensas y abrirnos al mundo en un gesto de amor sin igual en el que vale todo, pero más aún vale la vida del otro?

Valor. El valor de la vida como encomienda, como convicción, como lucha por el Otro, como lucha por uno mismo, como visión solidaria de la realidad en la que cada cual es lo que es sin dejar de ser lo que es para otro. Delante se nos aparecen los fantasmas del pasado, del presente y del futuro. Nos avisan que la hora fue ahora, que el momento es hoy y que la lucha será siempre. Sea que te veas reflejado en la cara de los sin rostro, en la dignidad de los nadies o en la voluntad sempiterna de los que con el sudor diario se visten desgarrados y se desgarran las vestiduras para verte la cara, nuevamente, para tomarte de la mano, para reflejarse en vos como nos reflejamos en nosotros.

Imagen: Un perro andaluz (Dalí - Buñuel).

Entre los momentos de martirio y de redención existe un abismo cuasi infranqueable, lleno de espinas y rosas marchitas, lleno de marcas y recuerdos que sesgan la mirada, que conmueven el corazón, que aceleran el ritmo cardíaco y sacuden el presente.

Memoria. Recuerdo siempre aquel instante en el que delante de una noche clara, todo se oscureció y sucumbió ante los encantos del desencanto. ¿Cómo es que el día se vuelve noche cuando una boca dispara una sonrisa y otra la recibe con beneplácito y osadía? ¿Cómo se derrumba nuestro mundo cuando con las ideas bien puestas y las mangas remangadas hacemos agua sin que llueva?

Quien vea orden e inalterabilidad del ánimo, no ve más que máscaras irredentas provistas por una razón que necesita socavar(se) para renacer, todos los días, del lado que se pone el sol.


G.-


viernes, 18 de septiembre de 2015

Sin melodía

Cursi es la nostalgia,
como hotel de ruta secundaria,
como mirando al sol engaña
a la vida muerta en un sisal.

La cama desvencijada
y las paredes rotas de recuerdos,
los galpones vacíos de ilusiones
y un manzano que no da más.

El pasto seco de andar
junto a los ladrillos rojos
y la mugre del parral
que no fue más que una pincelada de papá.

El tendedero de ropa desteñida
lavada por mamá
y los higos llenos de jugo
para esquivar el hambre por la falta de pan.

La puerta sellada y la sin llave,
se golpetean como hermanos
que no saben de sus padres
ni de sus manos rozando el aire.

Cursi es recordar sin acordar
que la vida es un crisol
donde se cruzan el amor y el dolor
sin reparos ni estupor.


G.-

miércoles, 12 de agosto de 2015

5000

Es una cifra redonda, porque nos gusta todo lo que cierra (o todo lo que abre desde algún lugar conocido).

Nos gusta la sorpresa de todos los días: la de encontrarnos casi siempre con el mismo orden de cosas.

Nos gusta que cierre, otra vez, que sea concreto. Que cierre.

Sólo quiero abrir.

Para cerrar están las heridas.

Agua y sal, pues.


G.-

viernes, 29 de mayo de 2015

Desoxidémonos para crecer

Alguna vez creí en las historias que me contaban de chico antes de dormir. Siempre tuve la ligera sospecha de que su estructura era la misma. Cuando, con el tiempo, empecé a leer y llegué a García Márquez, me di cuenta que era cierto: eran reales. Un buen cuento es aquel que se cuenta como nos lo contaban nuestros padres y abuelos (algo así decía Gabo).  Principio, nudo y desenlace. A veces creo que la vida se compone así también. Empezás algo, en algún momento se presenta algún conflicto (o no) y luego se resuelve. Las formas de resolución son varias. Algunas veces ni siquiera tienen fin (aunque no me convence mucho eso del “final abierto”; abierta es la vida por la vida misma, no los finales, porque si no, no serían finales).

Creo en la reencarnación del espíritu, porque de hecho, todos los días renacemos. Sin ser con toda la épica de un ave fénix, renacemos para seguir viviendo, nos desoxidamos de la mugre del ayer, de la resequedad de nuestros metales llenos de moho e intentamos recomenzar, para seguir creciendo. No es una cuestión de ser mejor o peor. Creo, más bien, que se trata de crecer en un sentido, elegir el sendero de vida, estudiarlo, bocetarlo, apuntalarlo y, en definitiva, hacerlo como la vida se hace a sí misma. Y es que creo que esa es la vida misma. Elegir un camino, forjarlo, hacerlo, disfrutarlo y enfrentarlo, hacerlo nuestro y compartirlo con el resto. Dejamos las cuevas hace tiempo y la vida se ha ampliado, porque la perspectiva lo ha hecho. No podemos aventurarnos más allá del límite de la vida si es que aún no han llegado nuestros sentidos. Aunque comentario aparte necesitaría la cuestión del Más allá…

A veces perdemos el rumbo. No digo que sí o sí vayamos a caer en el vicio o alguna de esas cosas. Todos tenemos algún vicio, está bien, pero no es ese el punto. La cuestión acá es que para que un cuento, un relato o una situación se precipiten hacia su fin, debemos recortarle el final, tajonearlo un poco, desmantelarlo, hervirlo, hacerlo nuestro. Debemos desencajarnos completamente, romper el molde, henchirnos de desasosiego y salir a pelearla como se pelean los lobos por el botín.

No hace falta comerse a nadie. Más bien se trata de compartir. ¿Qué es lo que más acostumbramos a compartir? Historias. Historias de vida. Sabemos de este o de aquel otro, pero no sabemos nada acerca de nosotros mismos. Sabemos que el sol se pone por ese lado o que la luna rebota en el mar para hacerlo rebalsar, pero no sabemos si nuestros besos valdrán más que mil palabras o si nuestras cabezas podrán soportar la carga diaria de la rutina y el aburrimiento.

Basta con que, una mañana cualquiera, uno acaricie el cuerpo de quien ama, para saber que esta vida es verdadera y que vale la pena ser vivida. Las únicas verdades son tres: la poesía, la música y el amor. Y más aún, es la última de estas verdades la que rige a las otras dos y a lo que toda bienaventurada acción humana se dirija a hacer. Sin el amor, no hay verdad posible.

En estas breves líneas no voy a poder desentrañar todo lo que el amor significa para mí. Lo importante es saber que sea bajo las caricias otoñales de un álamo, delante del crujir de las olas de un mar embravecido o recorriendo con la vista el último recuerdo de la puesta del sol, es decir, sea como sea, el amor está ahí, al alcance de la mano. Basta con mirar a los ojos, inmolarse en ese instante de completa indefensión, de total entrega, para saber que el amor está ahí.

El amor siempre está. Los que no hemos de rehuirles somos nosotros. Amemos y hagamos que el mundo ame. Es lo único que nos salvará de nosotros mismos.

Desoxidarse y crecer es sacarse los fantasmas de adentro y salir a caminar con el viento besándonos el cuerpo. Sacarnos la herrumbre de antaño de encima y vestirnos de vida, desde los pies hasta la cabeza, he ahí el amor. He aquí, donde las palabras jamás podrán agotar la significación.



G.-

domingo, 1 de marzo de 2015

Venus

Desde la geografía incandescente de tu cuerpo
emana el perfume con el que amanezco a diario,
impregnado en mi piel de hielo petrificado
como en mi memoria henchida de presente.

Las horas se deshacen entre idea e idea,
entre desasosiegos y desplaceres,
mientras la quietud discordante de tu lejanía
pinta opacamente el tiempo.

La oscuridad inmanente de tu vértice me atrae,
como un crédulo pagano ignoro tu acecho
lleno de pasión y perseverancia,
lleno de alma y sábanas.

Sobran las palabras cuando acciones no faltan,
cuando tus labios de rojo carmesí
se funden con el atardecer de verano,
cuando nos miramos sin reparos.

Si apostamos a la vida como apostamos al amor,
que es lo mismo pero visto sin dolor,
juguémonos por lo nuestro y lo aquello,
por lo que somos y por lo que seremos / todos los fuegos el fuego.






G.-

miércoles, 7 de enero de 2015

Queen Crimson

¿De dónde saliste, luciérnaga flamante que desborda el alma?

Todas las repuestas comienzan con una pregunta, aunque las preguntas siempre empiezan con una respuesta. Tal como si supiéramos todo nuestro destino de antemano, tejemos enredaderas voraces que nos permiten escapar del litigio ominoso, de esta afrenta tan inexpugnable que nos carcome de a poco como un amplificador desgastado y lleno de telarañas.

¿Qué es a lo que nos enfrentamos?

A un mar insólito de verborrágicos seres que, a tientas en la oscuridad, sólo atisban a derramar su saliva ácida sobre el strawberry fields de nuestros encuentros furtivos bajo la luz de la luna. Mientras tanto la marea sube y el piano va cuesta arriba buscando el placer de tus planicies oníricas, donde mis manos solo atinan su golpe de gracia a la hora en la que los fantasmas hacen de nuestra casa la suya.

Reina carmesí que crepitas como las hojas del otoño,
eximio ángel que renace a mares de entre las cenizas
de un pasado que no nos pertenece, ese de antaño,
donde tu mano y mi mano sólo eran escarcha en un herrumbrado prado.

Sólo basta que el desgaste de los segundos nos invada
y que el cielo sereno se venga abajo
o que el sol alumbre su propia sombra,
para que tu rostro terso se pose sobre mis manos.

¿Cómo desestimar tu canto de altura de montaña,
donde ningún rascacielos alcanza siquiera a rozar
y tan tamaña hazaña me encomiendas,
esa de ser justo al acompañar?

Presente encolumne de esperanza
donde descansan mis sueños de esmeraldas almibaradas
y tus ojos de luna siempre atentos
a mis movimientos desaforados y esbeltos.

Ven hacia mí,
descansa en mí,
recubrámonos de pasión
tal como el canto del zorzal se ciñe sobre el tango.


G.-

sábado, 29 de noviembre de 2014

"Todos mienten"

A veces lo indecible sólo es imaginable...

Lo que decanta como tinta destilada son palabras y palabras. Pero, ¿cómo podemos asegurarnos que esto que decimos es esto que estamos queriendo decir? Lo indecible no es más que la marca flagrante del pasado que vuelve una y otra vez sobre el presente de los mortales, tal como la bruma vuelve al mar tras el paso de las olas por la costa.

¿Qué es la belleza,
sino ese instante en el que se detiene la vida
cada vez que tus ojos se detienen en los míos
y ven que este mar de energía
no está más que sumergido
en el movimiento suave de tu boca?

Tan sólo la vida sabe vivir lo que tras la marea del Estigia queda. Los espíritus recogen cartón y lo llevan hasta un desarmadero de la dignidad, donde una máquina motora surge de la nada para desgarrar la vida - otra vez - y hacerla trizas contra la voluntad.

La voluntad.
La voluntad de verte y verte, en terrores, en aciertos, en playas y en Caseros. Ver para creerte, tocar para sentirte, estar para estarnos. ¿Dónde se inmolan las palabras que arrojamos al sol?

¿Qué se manifiesta?
¿Cómo lo hace?
¿Por qué?

La voluntad.
A través de la palabra y de la música.
¿Quién sabe?

Imagen: Brassai


G.-


sábado, 15 de noviembre de 2014

Amaneceres

Busqué en tus ojos una respuesta,
pero solo encontré mil verdades
de esas que calan hondo
como una gubia trabaja para mil ebanistas
y este terco ropero que piensa por mí
se aprisiona en la oscuridad.

No existo más que en sombras helicoidales,
no vivo más que para morir y renacer / siempre,
no pienso más que para dejar de pensar / te
taciturna e inquebrantable
tal como las montañas amenazan el avance del mar.

Dejé que mis lágrimas se confundieran con la lluvia
en el preciso instante en el que se asume la carga
de la divina / pulcra / y molesta exactitud
de ver el adormecimiento y el despertar del sol
desde un mismo lugar / siempre.

La luz del día
como las hojas corriendo delante del viento
y la oscuridad de la noche
como la serenidad de los árboles anclados al suelo / renace
la luz / la oscuridad / el viento / la serenidad /
los árboles caídos derraman su savia
tierna savia
sobre el pasto seco que amarra la vida / de un extremo
y la muerte / del otro
tal como mis manos se aferran a tu voz / alba.

G.-

domingo, 9 de noviembre de 2014

Callar

No es más que el silencio / inconmensurable
frío / tu lejanía
hace del día un letargo inaguantable
y yo te espero a esperanza completa
acribillo mis hojas con palabras
con el recuerdo perentorio
de tu boca suave / de almíbar
como de tu existir mi valía cumple
cien recados de ida y vuelta
de puerta a puerta / abiertas
de mi corazón a tus manos /
luz del alba cenicienta.

G.-

miércoles, 29 de octubre de 2014

Inconmensurabilidad

Caminando hacia su esperanza pudo divisar sobre el terraplén de la vía del tren su último desasosiego. Su última inquietud alada.

Con paso seguro e inquebrantable, avanzó firme hacia su decisión. El trajinar de las hojas hacía pensar que la primavera había llegado demasiado pronto y que se entremezcló – por si acaso – con los últimos estertores del invierno en vela. La calle era un minúsculo mundo de ensueño. Los cafés eran páginas borrosas de un andar arduo. El cielo estaba despejado, totalmente cubierto de estrellas y había un ronroneo que iba y venía de un lado al otro. La humedad pesaba como pesan los inabarcables astros de euforia que sus ojos construyen sobre su sien. Avanzaba un paso, luego otro, y otro, y así…

Esa noche, la plaza estaba habitada por pequeños grupos de personas. Los bancos secos de recuerdos, estaban completamente escritos y daban la impresión de que su color tenía más que ver con la inocencia que con el dolor.

Su paso por la concurrida noche le hacía recordar la imagen de un lobo suelto en la estepa. Está sólo, rodeado por la nada. Sin embargo, el lobo de la estepa busca, quiere encontrar, ya que no es su menester el quedar en soledad a la espera de la caída de los frutos de los árboles o de las lluvias de febrero.

Las mesas, los árboles, las sillas, las calles, los lienzos de seda alicaídos que se derraman por una ventana con olor a incienso. La gente, la piel, el roce, un mantra, la soledad, la noche, la luz, el café...

La esperanza que se torna deseo cumplido no apaga la llamarada de la vida sumergiéndola en un colchón algodonado, sino que aviva la intensidad de la experiencia misma como de la suavidad de la inconmensurabilidad queda el recuerdo vivo de la esperanza realizada.

Lo único que concluye aquí son las palabras, mas no la voluntad de perseverar y hacer de la esperanza un momento de la eternidad. 



G.-

sábado, 11 de octubre de 2014

Párvulo del silencio

Somos el silencio
que recorre tu hiel,
siendo la paz
que amordaza tus manos.

Hey, amigo,
¿dónde vas?
si es que aún hay más,
ya no queda nada (/nada).

Somos el destello
del presente,
la sequedad
del futuro.

Somos la cópula
henchida de desazón,
el desasosiego
vuelto pavor.

Somos el silencio
de todos los otoños
de indiferencia
y parco color.

Una plegaria al anochecer,
uñas rotas en el andén,
el olvido del ser,
ahí van los muertos otra vez...

Soy un párvulo del silencio,
porque mi voz decide no callar
y por los laberintos del fauno
andar, sin rumbo.



Imagen: Disco The garden - Unitopia (2010).


G.-

martes, 5 de agosto de 2014

Hiperrealismo metafísico

Victoria.

El surrealismo ha ganado. Lo único que sucede es que nadie se percata de semejante hecho, de proporciones épicas e inigualables. Y sin embargo, está tan naturalizado, tan metido, que termina hecho a un lado.

Confianza en el Prog – rezo por vos.

Sin fianza, los muertos se levantarán y serán Dios en la inmensidad del Estigia.

Aún estamos vivos. Aún cantamos. Aún amamos. Aún hacemos el amor.

Sentencias. Epitafios. Designios del final.

Al final, todo vuelve a ser como en el principio. Todo y nada. Este fluir nos hace renacer.

Buenas noches. Feliz vida.



Imágen: Max Ernst



G.- 

miércoles, 25 de junio de 2014

Apariencia

La angustia no tiene fondo.

Los manuscritos están dispersos sobre la mesa. Las hojas forman una suerte de yenga embravecido que clama piedad a gritos. Los libros no son más que pelotones de infantería pesada dotados de desasosiegos infranqueables y penas lastimosas.

Las horas pasan y el reloj da las siete de la tarde. El sol ya cayó y la noche se hace presente como estela pura de olvido y de perdón. Perdón.

“El tiempo es un bien escaso”. Y a veces la gravedad es un mal necesario, para saber que aún tenemos los pies en la tierra y la cabeza en el aire.



Imagen: Gravedad zero. Nikolay Tikhomirov


G.-